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14 de Mayo de 2013

"Los clubes 'Luna de Avellaneda' son el pasado,
no vuelven más"

 

Por Luis Sartori

Líder. Creció y sufrió al lado de Atlanta. En Alemania aprendió sobre manejo de
escuelas deportivas. Hizo un ensayo cuando presidió ese club. Y, al final, creó
una institución modelo.

Tranqui. Hugo en un sector de parque del Club de Amigos, cerca de los nuevos
vestuarios para nenes y para nenas, junto a la pileta cubierta. /F DE LA ORDEN

Antes de los 12 años fundó y presidió su primer club: Ventarrón.

Aquella travesura con los amigos de Villa Crespo les sirvió para jugar al fútbol
varios Torneos Evita. Y marcó el hito inicial en la fértil lista de fundaciones y
presidencias de Hugo Masci (76), tanguero de alma, un líder nato.

Vino al mundo en su casa, a diez cuadras de la cancha de Atlanta. La geografía
le tatuó de bebé la fiebre bohemia: “Mi pasión fue el deporte desde que nací”.

A los 4 recitaba la formación del equipo de memoria y poco después –con un tío–
ya se pasaba los domingos en el tablón: veía la 7ª y 6ª a la mañana y, después
de almorzar, la reserva y la primera. Tuvo una “infancia feliz, inolvidable, en la calle”

Ahí, en la calle con sus amigos, lo laceró su primera conmoción: la muerte de Evita.

“Nos enteramos en Canning (Scalabrini Ortiz) y Aguirre. Había un buzón, nos
sentábamos alrededor. Y fue un shock. Porque en ese barrio éramos casi todos
peronistas: a ese nivel socioeconómico, sentíamos como una reivindicación”.

Buen alumno en primaria y secundaria públicas y barriales, una profesora le ofreció
trabajo en cuarto año, en su estudio contable. Ahí arrancó, y lleva 60 años a todo
tren laboral (hoy, a falta de una, tiene cuatro ocupaciones). En el viaje de egresados
recién conoció el mar; en su casa “el veraneo no existía”

Antes de los 20 presidió el cuerpo de líderes de la Asociación Cristiana de Jóvenes
–”un lugar de mucha formación”– adonde iba desde los 9 a hacer deporte. En la UBA
se recibió de contador “en 5 años y 3 meses” y al toque lo contrataron en Gilette
para armar el departamento de auditoría interna. Se le abrió el mundo: en 19 años
viajó hasta cansarse; hizo los contratos de la “Cabalgata Deportiva Gilette” y conoció
de cerca a Acavallo, Locche y Monzón; presidió una fundación que creó el primer
banco de sangre de la Ciudad; vivió en Boston, y en Francfort conoció escuelas
deportivas inspiradoras; y regresó para fundar Braun Latinoamérica (Gilette había
comprado la firma alemana). A los 40 empezó de nuevo: con tres amigos creó un
estudio de marketing: mantiene todavía su despacho y ahí trabaja varias horas
por semana.

¿Y cuándo presidís Atlanta?

Atlanta vino apenas después, en el 78. Una tarde de primavera paso por el bar Colón,
Malabia y Corrientes, y siento que alguien me grita “¡Hugo, flaco!”. Era un amigo típico
de barrio. “Vení sentate, el club se va a la mierda”, me empieza a contar. Y me dice
hay una reunión. Acepté ir y perdí: a los dos meses, presidente del club. Es una
experiencia para no repetirla, menos ahora. Pero era una asignatura que tenía
que cursar. La pasión...

¿Qué recordás de aquel tiempo?

Bueno... un club de 800 socios lo pasamos a 18 mil. Nos fuimos al descenso y volvimos
a subir. Hicimos un lindo laburo, pero ahí ponés la vida.

¿Qué problemas tenía entonces el modelo del club tradicional?

Ya había una crisis dirigencial notable. Los clubes tenían conducciones que no veían el
cambio que se producía en la sociedad: no tenían habilidades para ofrecer servicios a
los socios que estos valoraran, las herramientas para administrar eran muy primarias,
no se llevaba ninguna planificación más o menos ordenada...

Y vos le arrimaste herramientas.

Claro, adecuándolas. Hoy, el Club de Amigos tiene un sistema de gestión que es el
mismo de las grandes buenas organizaciones, adecuado a su envergadura y sus
necesidades. Si no, no hubiéramos ganado el Premio Nacional a la Calidad.

¿Por qué decidís irte de Atlanta?

Porque era agotador. El ambiente del fútbol se venía degradando. Y ya no me sentía
cómodo. Había decidido irme al terminar el primer período de tres años. Y ahí se da
una conjunción mágica. Nos fuimos al descenso, ¿sabés lo que es irte al descenso con
el club de tus amores? te querés matar. Y recibí un montón de adhesiones, la gente
me pedía que siguiéramos. Y bueno.... el sí flojo.

Con tu experiencia en Atlanta, ¿qué se hace con los barras?

En aquella época los barrabravas eran menos violentos que ahora. Pero nosotros
tomamos el primer día una decisión muy dura, que nos costó muchísimo durante los
seis años: sacarlos del club. Los bancábamos en la cancha, nos dedicaban 20 minutos
de cantitos todos los partidos. Pero en el club, no. Y nunca jamás les dimos una
entrada, una bandera ni un sandwich de chorizo. Eso ahora no se puede hacer: la
violencia te rebasa.

¿Qué habría que hacer hoy?

El dirigente tiene que tener respaldo político, policial, de seguridad, judicial. No ser una
isla, como Cantero en Independiente. Y el acuerdo no es fácil de lograr porque la gran
mayoría de los que deben intervenir son muy hipócritas. Tienen doble discurso.

Ascendió Atlanta y te fuiste.

Atlanta ascendió el 19 de noviembre del 83 y nos fuimos el 31 de diciembre. Teníamos
este tema de generar un nuevo modelo de club. Ya lo veníamos hablando desde años
atrás. Se veía que los clubes tradicionales iban cada vez peor. Es una raza en extinción.
Cuando fundamos el Club de Amigos (1985), la Ciudad tenía 600 clubes; hoy tiene
apenas 200.

¿Entonces los clubes cambian o desaparecen?

Va a haber otro tipo de clubes. El club de barrio va a desaparecer porque ya casi está
desapareciendo el barrio. Es el pasado. “Luna de Avellaneda” no vuelve mas. Pensar
que puede volver es no creer en la evolución de la sociedad. Hoy en día los cambios
son cada tres minutos y hay que dar otra cosa.

¿Tus ideas para crear el club?

Número 1: hacer un club orientado a los chicos. Es lo que tenemos hoy: 80% de los socios
de este club son menores de 14 años, Todavía no hay otro club de chicos en el país.
Número 2: obsesión genética por la calidad. Hacer de la calidad el rasgo distintivo en una
sociedad donde fracasa la calidad. Diferenciación en base a la calidad y la innovación. Esa
fue la estrategia, que hoy la seguimos.

Subrayan la austeridad.

Sí, en el club decimos que “cada mango que entra acá, nosotros lo hacemos valer dos”. Y
ese es uno de los milagros de esta institución.

¿Hiciste plata?

No, definitivamente. No fue la meta mía. Y si tuviera mucha plata, elegiría hacer lo que
estoy haciendo. Asi que no me serviría de nada. Creo que hay que dejar de pensar en el
interés propio y pensar un poquito más en los que te rodean. ¡Pero veo tanta gente
ensimismada en acumular riqueza al pedo! Para mí la riqueza es algo superfluo, fuera
de mi interés.

Pasión es una palabra que veo repetida en la página del club.

Es el punto de partida de todo esto. Y lo que mantiene la llamita prendida.

¿Dónde ponés la mirada?

En agregar valor. Hacer mejor las cosas, tratar mejor a la gente, quererlos más. Me gusta
mucho más regalar a que me regalen, y no hablo de regalos sino de afectos.

¿Seguís jugando al fútbol?

Todavía acá me dejan prenderme. Ahora robo en mitad de cancha. Antes fui 8 o 10.
Siempre estuve en movimiento. Y me gusta correr: martes, jueves y sábados corro,
tranquilo, seis o siete Km. en la pista, dos horitas. Y si llueve, me meto en el gimnasio.

Fuente: Clarín/Revista Mundo Amateur

 

 

 
 
 

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