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08 de Julio de 2014

El inventor del fútbol moderno

El fútbol era el fútbol hasta que llegó Di Stéfano. A partir de ese momento, el fútbol fue Di Stéfano
y Di Stéfano fue el fútbol, en una fusión mágica del juego y el jugador; en una simbiosis, en una
identificación recíproca de resonancias inmortales.

Antes de ser lo que sería, antes de ser lo que será siempre, Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé fue
un recién nacido, el 4 de julio de 1926, en Buenos Aires. Esos apellidos hablan de un cóctel de sangre
emigrante a la Argentina dorada, carne y cereales, espacios interminables abiertos a la codicia y
envidia del mundo, tierra de promisión en los primeros años del siglo XX. Ese niño respiró e hizo
suyos los mitos del alma popular: Martín Fierro, su héroe, y...el fútbol, su vida. El fútbol: el mito,
el alma, la vida, el sueño, el héroe, el rey, el dios, la savia, la vida de Argentina, de los argentinos.
Esencia y folclore. Sólo el tango puede ser tan grande, tan ancho, tan alto, tan hondo, tan fuerte,
tan sabio...

Colocado junto a Gardel, Maradona, Fangio y Perón en el punto más elevado de los altares
nacionales, Di Stéfano "pateó" primero en equipos de barrio (Once, Venceremos e Imán). Y, a los
18 años, se sometió victoriosamente a una prueba en el fabuloso River Plate de "La Máquina",
la venerada delantera formada por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Todavía no tenía
sitio en ella y en 1946 fue cedido un año al Huracán. En 1947 regresó a River. Y ahí empezó
realmente todo: los títulos conjuntos y los individuales: la certificación de un talento
inconmensurable y caudaloso que abarcaba la totalidad de ámbitos, parámetros y claves
del juego. Un periodista entusiasta acuñó líricamente el apodo de "La Saeta Rubia" y la afición de
River cantaba a coro, dirigiéndose al rival: "¡Socorro, socorro, se viene la Saeta con su propulsión
a chorro!".

Llegada al Madrid por 5.750.000 pesetas

Un sistema feudal de relaciones entre los clubes y sus futbolistas condujo inexorablemente a
la huelga, emigración y diáspora de los más grandes nombres del fútbol argentino. Di Stéfano,
junto a, notoriamente, Pedernera y Rossi, se marchó al Millonarios colombiano, bautizado desde
entonces "El Ballet Azul". Y es que: "Hacíamos un fútbol tan maravilloso que, a veces, los
adversarios se paraban para aplaudirnos". Ese Millonarios fue el vehículo que el destino eligió
para traer a Di Stéfano a España. En el torneo de las bodas de oro del Real Madrid, en marzo
de 1952, que disputaban el club blanco, el Millonarios y el Norköping sueco, Santiago Bernabéu
quedó deslumbrado por el juego de aquella "saeta" un poco calva pero esplendorosa. Tras un
conflicto con el Barcelona que aún provoca polémica y produce toneladas de palabras escritas
o habladas, el jugador recaló en Madrid por 5.750.000 pesetas.

Lo que sucedió a partir de ese momento excede la historia y penetra en la leyenda,
engrandeciéndola con el paso el tiempo. Di Stéfano, durante 11 intensos años que permanecen
en la memoria colectiva de un país y una época, se identificará con un club al que ayudará a
convertirse en una referencia religiosa del fútbol mundial de todos los tiempos y en todas las
latitudes. Líder carismático, arrogante, ganador, malhumorado, indesmayable e indestructible de
un grupo en el que se mezclaban los jugadores nacionales y algunas de las más grandes estrellas
extranjeras, representó un modelo deportivo y ético de un mundo futbolísticamente extinto por
diferente o viciado, pero que sigue rindiendo culto a valores imperecederos.

El Real Madrid es lo que es y lo que debe ser porque Alfredo Di Stéfano (en España acentuamos
desde el principio su apellido para equipararlo ortográficamente a la correcta pronunciación) llevó
su camiseta, le contagió su clase y le insufló su espíritu. El fútbol de nuestro planeta también
le debe a este hombre gran parte de su capacidad de difusión, dotes de embrujo y trascendencia
social desde que, en 1956, se creara la Copa de Europa de clubes. El Real Madrid,
acaudillado por él, americano, europeo y universal, la ganó durante cinco años consecutivos.
Con esos argumentos y esos actos la sostuvo y apuntaló para siempre, proporcionándole lo
mejor de su aureola, las más hermosas de sus reminiscencias y muchos de sus más excitantes
recuerdos. Los franceses, rendidos, gratificados y agradecidos, llamaron entonces al líder y
al mago "Lomniprésent". El omnipresente. Eso era él: un equipo en una sola pieza, el jugador total,
la orquesta entera en un único virtuoso, la ubicuidad laboriosa y creativa, la fuerza incontenible
y la técnica depurada.

En un fútbol con más espacios en el césped y menos servidumbres y agobios fuera de su estricto
entorno, Di Stéfano reinó como un emperador populista, un artista sudoroso y un obrero
exquisito. En la franquista España de aquellos años, aislada internacionalmente y sometida a la
asfixia interior, significó una ilusión multitudinaria que compartió con el Real Madrid. Ambos,
ensamblados hasta la unicidad, constituyeron el mayor, el casi único argumento de prestigio exterior
y atención admirativa para un país en penumbra y en precario.

Cinco Copas de Europa

Di Stéfano se explica por su simbología tanto como por sus cifras. Campeón en Argentina y triple
campeón en Colombia, ganó con el Real Madrid cinco Copas de Europa, ocho Ligas, una Copa
entonces del Generalísimo y una Copa Intercontinental. Marcó 216 goles en 282 partidos ligueros,
y 49 en 58 encuentros continentales. Balón de Oro en 1957 y 1959, quíntuple "pichichi" español, los
años de su respetada vejez conocieron un rosario de abrumadores reconocimientos internacionales
de máximo calibre. Sólo en una enciclopedia tendrían cabida sus hazañas, su condición de emblema
y sus relaciones familiares. También innumerables episodios personales, como el secuestro del que
fue víctima en Caracas, en agosto de 1963, por parte de un amenazante y finalmente bondadoso
Frente de Liberación Nacional.

Nacionalizado español en 1956 y 31 veces internacional, Di Stéfano sufrió en su grandeza
profesional la paradoja de no haber disputado partido alguno en un Mundial. La ausencia de
España en la edición de Suecia 58 y una dolencia en la espalda en Chile 62 se lo impidieron. Salió
del Madrid en 1964, rumbo al Espanyol, de mala manera, enfrentado a su entrenador (Miguel
Muñoz) y enemistado con Bernabéu. Esos dos años en Barcelona de un Di Stéfano casi cuarentón
y gordo fueron tristes e innecesarios. Volvió al Madrid como entrenador en 1982 (dos temporadas
y cinco subcampeonatos) y 1990 (cinco meses y una Supercopa). Como técnico hizo campeón al
Boca Juniors y al Valencia, con el que logró también una Recopa.

Nunca perdió el acento argentino y, frecuentemente irónico, su proverbial aspereza de carácter se
convirtió en fuente inagotable de hilarantes anécdotas repetidas y adornadas. Presidente de
Honor del Real Madrid y alma cotidiana de la Asociación de Veteranos, su muerte lo ha instalado
definitivamente en la intemporalidad de los seres eternos. Desde este lado de la oscura frontera
que acabas de traspasar, gracias, gracias, gracias, viejo.

Fuente: El Mundo



 

 
 
 

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