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19 de Junio de 2014

La contribución de los clubes a la integralidad de las personas

Por Nélida Posse

En el contexto de la política nacional de la última década, Nélida Posse se adentró en la contribución
de los clubes, en un artículo que escribió en 2011. La autora de este artículo es Licenciada en
Psicología Social, Maestría en Psicología Social Comunitaria UBA, Consultora para la Medición
del Impacto del Programa de Prevención de las Adicciones Mediante la Práctica Deportiva  y ex
Responsable de Capacitación del Centro de Estudios de Investigación del Deporte)

A continuación, se transcribe ese artículo, de vigente actualidad:

Introducción

El hombre para ser debe existir en plenitud, debe poder gozar de todos los atributos que lo
dignifiquen. Las sociedades se constituyen con la suma de estas plenitudes.

Una expresión autorizada de esta integralidad es la del doctor Ramón Carrillo quien nos enseñaba
que la salud es una realización solidaria de cada hombre con el conjunto de la sociedad, porque no
depende sólo de factores individuales sino ambientales y sociales. Nadie es sano en una comunidad
que no lo sea y nadie es íntegro en una sociedad desintegrada. Un hombre sano es aquel cuya
existencia toda contribuye a su propia realización y la de la comunidad. Por lo tanto la salud es
un asunto de cada hombre y de la sociedad que habita.

Coexiste un claro intento de ideologías que proponen construir sujetos fragmentados en
comunidades fragmentadas, junto con un proyecto nacional y popular que busca por múltiples caminos
sostener que un sujeto es sano cuando puede vivir con dignidad, satisfaciendo sus necesidades
en libertad, pudiendo modificarse y modificar su entorno en una comunidad que crece.

Para entender la conducta de cualquier sujeto resulta imprescindible saber cuál es su contexto, qué
momentos históricos y sociales atravesó.

Si pensamos en la Argentina, por solo dar cuenta de los últimos treinta y cinco años, sabemos que
cursó la dictadura como el período más temido y destructor. Pero estamos al corriente de que luego
le sucede el atravesamiento en un mundo globalizado, en un contexto turbulento, tal como lo precisó
Mario Robirosa, definiendo esta situación como: “de turbulencia debido a la magnitud y celeridad de
los cambios que acontecen en la sociedad actual, modificando nuestros parámetros de tiempo y
espacio (...) Asistimos a cambios profundos y vertiginosos que afectan todas las instituciones”.

Sus principales síntomas fueron: aumento de incertidumbre, impredictibilidad para reconocer y
controlar variables y factores, y una vivencia de invasión del “adentro” por el “afuera”.

Inseguridad en el ámbito social, incertidumbre respecto al futuro de los medios de vida y el
abrumador sentimiento “de no controlar el presente” se combinaban con una incapacidad de
hacer planes y actuar conforme a ellos.

Decíamos entonces que mientras la modernidad fue la cultura del futuro, la posmodernidad era la
cultura del eterno presente. Y lo mas saliente de esa crisis globalizante era que el Estado-Nación dejó
de cumplir con las funciones políticas que tenía de protector y director para ser solamente un
administrador de las consecuencias de la globalización. No es que los Estados-Nación hubieran
  desaparecido sino que habían perdido vigor.

El haber vivido tantos años en una situación de precariedad, acarrea sufrimiento psíquico, el sujeto
se escinde, se desconoce en sus propias necesidades, potencialidades, sentimientos e historias.
Quedar excluido era la amenaza constante, por tanto aumentaba la rivalidad, se deterioraban
las tramas de relaciones, aumentando la desconfianza y la pérdida de la autoestima.

Esta fue la característica distintiva de la década del 90’ que trajo muchas consecuencias negativas en
Argentina y en el mundo. Las cifras nos mostraban que los ricos eran cada vez más ricos y los pobres
cada vez más pobres. Y no nos referíamos sólo a la pobreza material sino a la pobreza como
privación de capacidades y libertades donde la diferencia se hace mayor aún.

La escisión de las personas

En tanto, se instaló un pensamiento disociado, rígido y esquemáticamente mercantil  a la vez
que un pensamiento reduccionista, que no incluye el conflicto, paralizando y entorpeciendo el
crecimiento de las personas.

Este pensamiento simplista fomentó e instaló en la sociedad imágenes maniqueas donde: los
deportistas son tontos que juegan con una pelota y no piensan, los intelectuales sólo piensan,
pero son incapaces de practicar deportes ni de emocionarse con la poesía, y la gente de la
cultura, ve cine, escribe poesía, pero no es apta ni para el deporte, ni mucho menos para
desarrollara un pensamiento estratégico. Este es un mundo fragmentado, donde el pensar,
sentir y hacer no encuentran un camino de integración y donde se buscan escenarios en
los cuales los intelectuales piensen, los deportistas hagan, y los poetas sientan.

No puede haber tanta diferencia en la forma en que concebimos el mundo y la forma en que
actuamos en él. Las ideologías dominantes intentan imponer un pensamiento lineal, si adherimos
a esta forma de pensar seremos cómplices de reproducir una sociedad de individuos con profundas
dificultades para constituirse como personas íntegras e integradas.

Hemos visto como en nuestro país las personas, los grupos y las organizaciones fueron encontrando
formas de preservarse. Desde las fabricas recuperadas, las organizaciones barriales, comedores,
etc. y en lo que hace a la temática que me convoca en este artículo, se puede decir que los
clubes fueron encontrando diferentes formas de sobrevivir pero hay que ayudarlos  a sostenerse.

Las crisis pueden conducir al caos o al cambio, se vino el cambio..!

 “Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política, esta es la oportunidad de la
transformación, del cambio cultural y moral que demanda la hora. Cambio es el hombre del  futuro”.
(Néstor Kirchner-marzo de 2003)

 Y algo comenzó a mudar de aires:

Analicemos ahora la contribución que hace el deporte en general y las organizaciones deportivas,
los clubes en particular, al fortalecimiento de los factores protectores, de las personas, de los
grupos y de la comunidad.

La resiliencia es la capacidad humana para hacer frente a la adversidad de la vida, superarla, y
salir fortalecido. Implica fortalecer factores o condiciones positivas para lograr el desarrollo
humano. Fortaleciendo los factores protectores, estamos promoviendo la salud en sentido
colectivo, ésta es la resiliencia comunitaria.

El deporte forma parte de estos factores protectores. Los clubes son espacios donde muchas
generaciones aprendieron a practicar deportes, junto con técnicas, valores, y cultura.

La cultura no sólo se “recibe” sino que es transformada por las personas de esa cultura. Como
afirma Bárbara Rogoff, “los individuos transforman la cultura cuando se apropian de sus prácticas
y la transmiten a la siguiente generación y a las necesidades de sus circunstancias especificas
(Rogoff, 1993, p.251)

Jerome Bruner nos sugiere pensar que “una cultura en sí comprende un texto ambiguo que
necesita ser interpretado constantemente por aquéllos que participan en ella  (Bruner, 1988,
p. 128) Así, las personas participantes tienen una función activa en la cultura.

La cultura, es un constructo social, algo inacabado, en constante movimiento, que nos permite
ser quienes somos e imaginar quienes deseamos ser.

Los Clubes de Barrio

Los pilares de la resiliencia comunitaria son la autoestima colectiva, la identidad cultural, la
honestidad, la solidaridad y el liderazgo comunitario, todos estos elementos muchos de
nosotros los desarrollamos en los clubes de barrio.

Es un espacio donde el crecimiento del cuerpo, la mente y el espíritu sigue siendo posible, en el
que pensar -sentir- y hacer son estimulados. Desde los sencillos clubes barriales a los más grandes,
siguieron brindando la posibilidad de jugar al fútbol, al básquet, participar de un coro, bailar salsa,
y conversar en un sitio privilegiado. Cada club es poseedor de una cultura que amerita ser
descifrada, y cada socio es un miembro activo en ella.

Las personas que realizan prácticas deportivas tienen un espacio para la acción (la cancha), un espacio
posterior donde aparecen en forma de escenas lo que ocurrió  en el partido (vestuario), se
reconstruye la jugada, se suma la mirada del otro sobre esa misma escena, aparecen diferentes
perspectivas sobre una misma situación, muy sutilmente se aprende que la realidad es una
construcción colectiva. Y un tercer momento (el buffet) donde los sentimientos van cambiando,
constituyendo este otro momento del aprendizaje al saber que nada es definitivo, que la tristeza
de la derrota se supera, la euforia del triunfo es efímera, creando al mismo tiempo valores, como
ser humildes con el triunfo y orgullosos en la derrota.

La práctica deportiva no es sólo una práctica social, es una práctica institucional muy precisa que se
manifiesta en procesos de institucionalización.

Si bien un grupo de personas apasionadas por un deporte puede fundar un club, con el paso del
tiempo, va a federar a dicho club, lo que le otorgara legitimidad, lo atará a un sistema de vínculos
(estatutos, afiliaciones, etc.), a cambio formará parte de una red de intercambios y oportunidades.
Se va produciendo un acelerado intercambio comunicacional que aportará nuevas culturas a la
organización.

Algunos autores piensan los clubes como espacios privilegiados para la conversación democrática.
Espacio cognitivo por excelencia, dice Klaus Heinemamm. “La vida asociativa se convierte en un lugar
social que produce significados para quienes participan de ella orientando asimismo las actividades
y estimulando la lealtad hacia la asociación. Tal fenómeno es válido para cualquier asociación, pero
el impacto simbólico del deporte es tan grande que potencia enormemente el carácter cognitivo
de la experiencia (...) podemos hablar en resumen de “una arena cognitiva” que es un factor central
para definir el concepto de “arena política” (Aspectos sociológicos de las organizaciones deportivas-1997)

Los adultos mayores además de encontrarse con pares, como lo harían en un centro de jubilados,
tienen la ventaja de lo entramado, lo intergeneracional. Es allí donde se aprende que lo que tenemos
en común es lo que nos permite estar juntos y es lo diferente lo que permite crecer.

Pocos países cuentan con la multiplicidad de clubes con más de cien años como nosotros. Fueron
ellos los encargados a lo largo de muchas generaciones de enseñar deporte, a diferencia de otros
países que los responsables de esta tarea eran o el estado (en los países comunistas) o las
organizaciones escolares (países capitalistas)

Los clubes fueron en nuestro país organizaciones libres del pueblo.

Transmitiendo no sólo la enseñanza de un deporte, sino la posibilidad de construir grupos,
pertenencia e identidad. Colaborando de este modo en el propósito que se trazaba el Dr. Carrillo
de tender a que los sujetos se desarrollen en plenitud.

En tanto asociaciones de la sociedad civil los clubes son hoy lo que en otra cultura fue el ágora, un
espacio que no es ni publico ni privado, sino más exactamente la suma de ambos. Organización ésta
que para que pueda existir requiere de la participación activa, donde el protagonista es el socio y no
un usuario o un consumidor.  Espacio para la gratificación individual, pero también adecuado para
encontrar unos mecanismos que rescaten al sujeto de su soledad, y encuentre junto a otros el
lugar donde volver a pensar sobre “el bien común”, “la sociedad justa” o “los valores compartidos”.

Todas estas ideas pierden sentido cuando no se las cultiva colectivamente. 

Finalmente adhiero a esa idea generalizada que la sociedad civil es el grito de los que carecen de poder.

Es claro que no hay una sola manera de contribuir a lograr una sociedad más justa, más libre, más
sana. El apoyo al deporte y a la participación, donde el socio se involucre como ciudadano en los
clubes es sólo una posibilidad, tal vez la más cercana en la búsqueda de una comunidad más
saludable donde la vida valga la pena de ser vivida. Espacios donde los sujetos pueden conectarse
con sus necesidades, con las de los otros y que se organicen para satisfacerlas.

Al satisfacer las necesidades propias y las del conjunto es como se desarrollan los sujetos y en el
aprendizaje de la tarea compartida se reconstruye el camino de la comunidad organizada.

*Nélida Posse 
Licenciada en Psicología Social
Maestría en Psicología Social Comunitaria UBA
Consultora para la Medición del Impacto del Programa
de Prevención de las Adicciones Mediante la Practica Deportiva    
Responsable de Capacitación del CEID






 
 
 

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