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22 de Julio de 2014

Tres tristes dictadores manipularon el fútbol

Por Andrés Parra López (*)

En el presente mundial Brasil 2014, una vieja discusión sobre el vínculo del fútbol con
la política sale a luz. Dos hechos marcan esta temática recientemente: la adjudicación
del Mundial para Qatar 2022, dando cuenta del poder y el dinero como influyentes de
cualquier concurso, y en segundo lugar, que por primera vez la mandataria de un país
no realice un discurso público en la inauguración del Campeonato Mundial, protegiendo
así su dañada imagen política (baja en las encuestas incluida), tratando de controlar el
agitado clima social que se vive a las afueras del estadio.

Esto me recordó aquel documental del History Channel llamado “Fútbol y Fascismo”, que
retrata la manipulación que tres grandes dictadores europeos realizaron con el fútbol.
Cada cual seleccionaba con pinzas su herramienta propagandística; Mussolini el Mundial
de Italia ’34, Hitler los JJ.OO. y el gran equipo austríaco, mientras que Franco usaría al
Real Madrid.

Como Mussolini, quien hizo todo lo posible por reeditar la idea del “gran romano” poderoso
y viril, aunque irónicamente sería el S.S. Lazio el lugar de la ultraderecha fascista en que
convergería política y fútbol. “El Duce” como ex director de un periódico, necesitaba de
apoyo popular y sería el “calcio” el que se lo otorgaría. Su megalomanía estaría completa
al organizar el Mundial de Fútbol de 1934, creando un trofeo especial para el ganador,
3 veces más grande que la copa Jules Rimet.

Mussolini organizó la copa de inicio a fin, inclusive escogiendo a los árbitros, lo que se
hizo evidente cuando el gran equipo austriaco amenazaba el paso a la final de la azzurra
y un árbitro sueco se desentendió con diversas faltas, cortando el juego austriaco y
acelerando el italiano. Gracias a estas intervenciones Italia finalmente ganaría por 1-0 con
un gol fuera de juego (el Duce había cenado la noche anterior con el árbitro). En la final
con Checoslovaquia se repite el árbitro (nunca más se repetiría un árbitro en dos llaves
seguidas a la misma selección) y los locales terminaron ganando por 2-1 y levantando
la copa.

Un artista de la propaganda política como Hitler no dejaría pasar los JJ.OO. Berlín 1936
para mostrar su “superioridad” como Estado y raza aria. Todo iba bien para el nazi,
con el equipo alemán ganando más medallas que nadie, hasta que al afroamericano
Jesse Owens gana la carrera de 100 metros Planos. El Fuhrer esperaba desquitarse en
fútbol, pero la débil Noruega dio cuenta de Alemania, y el líder germano enfurecido se
retiró de la tribuna.

Se acercaba el Mundial del ‘38 y Alemania era claramente una selección de fútbol más
débil que Austria y Polonia, sus vecinos más cercanos. Además, los austriacos contaban
con Matthias Sindelar, una especie de Messi de nuestros tiempos; jugador liviano, rápido
y habilidoso que jugaba de centrodelantero. Una figura que ayudaría a potenciar la
propaganda nazi en el deporte. Así fue como tras anexar (invadir) Austria, se “incentivó”
(obligó) a los jugadores austriacos a jugar por Alemania, pero Sindelar detestaba a los nazis,
por la depredación de su tierra natal y por el destino de sus amigos judíos.

Para el “traspaso” de seleccionados se realizó un amistoso entre Austria y Alemania, en
una especie de despedida. Sin embargo, el equipo de Viena jugó un pésimo partido,
desperdiciando clara ocasiones, casi como si les hubieran encomendado fallar. Hasta que
en el segundo tiempo, Sindelar decide marcar el 1-0 y para celebrar el gol va hacia la tribuna
nazi y realiza una irónica reverencia… meses después moriría en su habitación tras el
escape de gas de una estufa.

Gran Bretaña apoyaría al régimen jugando un amistoso con los bávaros (mientras invadían
Checoslovaquia). Los ingleses efectúan el saludo nazi (ver foto) al comienzo del partido. Un
mes más tarde, en la Copa del Mundo de Francia ’38, los campeones vigentes, Italia,
decidieron hacerle un feo gesto a los franceses vistiendo camisetas negras para aquel
encuentro. Finalmente los italianos serian bicampeones tras vencer a Hungría 4-2 en la final,
mientras Mussolini se reía de la socialdemocracia francesa.

Mientras tanto España sufría el aislamiento postguerra: pobreza, hambre y una cruel tiranía
carcomían día a día al país. Necesitaba de una bandera, una imagen de éxito, algo con que
contrastar la presión de Catalunya y el País Vasco. Fue ahí cuando Franco decide adoptar
al Real Madrid F.C. como el ícono del poder, mientras que el F.C. Barcelona por contraparte
sería el bastión de la resistencia.

En la capital condal aun hay agujeros de balas de los fusilamientos a los costados de las
iglesias. De éstos asesinatos no se salvó ni el presidente del Barça, Josep Sunyol, quien
en un mortal error decide salir del auto en un terreno supuestamente amigo de la guerra
civil y gritar “Viva la República”, siendo acribillado por soldados franquistas. Esto alimentó
la tensión y odio hacia Franco, y por extensión, al Real Madrid, como el equipo de los
fascistas, mientras que el Barcelona se generó una particular mística (Més que un club) a
partir de la prohibición de utilizar el idioma y la bandera catalana. Sólo en el Camp Nou
los catalanes podrían ser catalanes.

Sin embargo, entre 1939 y 1954 el Real Madrid no ganó nada, mientras que el Barcelona
obtuvo 5 títulos de Liga y varias copas del rey (al igual que el Athletic de Bilbao). Entonces
Franco fijaría su vista en el entonces mejor jugador del mundo, Alfredo Di Stéfano. Mientras
Real Madrid negoció con el Millonarios, el barça hizo lo mismo con River Plate, y si bien “la
saeta rubia” jugó tres amistosos por los azulgranas, Franco no cedería y comenzó a acosar
al presidente del equipo catalán y sus fábricas. Finalmente, vía decreto real, se establecía
un acuerdo para que Di Stéfano jugara una temporada en un club y la siguiente en el
otro, hasta que el presidente barcelonista dijo la famosa frase: “Basta…que se queden con
el pollo”.

Desde 1956 a 1960 el Real Madrid se corona campeón de la Copa de clubes de Europa, con
Di Stéfano como figura y goleador. Gracias a esto se generó una imagen de una nueva
España elegante y desarrollada, escondiendo gracias al fútbol (o su utilización) la miseria
que vivía la población ibérica. Aunque en algún momento Franco tuvo que tragarse sus
palabras y aceptar refugiados soviéticos en las filas del Real Madrid, como el mítico Ferenc
Puskas, como señal para ganar el apoyo de EE.UU. en plena guerra fría.

Pero la paciencia de Franco se terminaría cuando en la Copa de Europa de Francia ’60. España
debía enfrentar a la URSS, y el dictador retira al equipo de la competencia argumentando
que los soviéticos habían financiado la resistencia catalana. Pero sería la final de España ’64,
en que los Ibéricos enfrentarían nuevamente a la URSS por la copa de Europa, sin poder
retirarse esta vez. Debían hacerle frente al “comunismo” en la cancha y afortunadamente
para los locales, un cabezazo de Marcelino decretaría la victoria y la sonrisa del dictador
hispano.

Tras 36 años de dictadura y 38 días después la muerte de Franco, se jugaría el primer Derby
en el Nou Camp (28/12/1975), en un estadio lleno de banderas catalanas se celebró la victoria
por 2-1, que no solo significó la victoria en cancha, sino también la victoria de un pueblo.

(*) Sociólogo de la Universidad Central de Chile. Se ha desempeñado en el Instituto
Nacional de Deportes e Instituto Nacional del Fútbol de Chile

 
 
 

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