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26 de Junio de 2014

Esa locura del maratón de 42 kilómetros por
las calles rosarinas


Por Rodolfo Parody

La perseverancia y la coherencia son condiciones esenciales para la concreción de sueños calificados
de “locura”. La posibilidad de ocupar espacios públicos que se perdieron con el paso del tiempo a
partir del desarrollo de los medios de locomoción se debe a un fenómeno singular como el maratón,
en especial el de 42 kilómetros que se reeditará en la ciudad el 29 de junio. Y el ideólogo, ad honórem
(vale la pena resaltarlo), de esa prueba es uno de esos tantos locos que la sociedad acostumbra a
ningunear y menospreciar, por el simple hecho de desviarse del camino de los “comunes y racionales”:
Horacio Kapellu.

El maratón Día de la Bandera trasciende la aglomeración de público que acostumbra a tentar a más
de un dirigente político, ávido de una foto multitudinaria cuál señal de respaldo popular. Lo valioso es
la esencia de la carrera, impregnada por la filosofía que Kapellu mamó en la Universidad de la calle,
nunca mejor tal expresión.

Pese a que se trata de un ferviente impulsor del maratón, capaz de convencer hasta el sujeto más
sedentario (como lo fue el mismo alguna vez) a partir de convicciones profundas que lo movilizan,
no es responsable de la organización. Sin embargo, sus principios se mantienen inalterables desde
la primera vez que se corrió.

Kapellu concibió el maratón a partir de una organización sin fines de lucro como la Asociación
Rosarina de Atletismo. Lo expuso una vez más en una cena realizada días atrás, de características
inéditas como subrayó, con invitados que de una u otra manera están ligados al maratón y que se
celebró en un restaurante de la ciudad, sponsor de la prueba a partir de que les hizo ver de la
trascendencia de este acontecimiento deportivo, político y cultural.

No es que denigre a otras clases de maratones, de gran capacidad de marketing y convocatoria, pero
entiende que desde este otro lugar el maratón mantiene su identidad rosarina. En tiempos de
globalización y de uniformidad, su pretensión no es poca cosa.   

Arriba se mencionó el poder de convencimiento de Kapellu. No se trata de una seducción engañosa,
sino fundamentada, explicando que el maratón es un lugar de encuentro de personas de distintas
edades, sexo y clase social, como no ocurre en ningún otro deporte.

Y siempre pensando en el maratonista, respetando a esos que llegan desde unas pocas cuadras
de la largada frente al Monumento, a los que vienen desde miles de kilómetros y a los que viajan
hasta desde el exterior. Una manera de reconocerlos es la entrega de copas a los 20 primeros
de cada categoría, una idea única que no se repite en ninguna parte del mundo.

A horas de la 12ª edición, todo parece más sencillo, aunque todavía más de uno protestará el
domingo a la mañana por el corte de calles. Esas quejas Kapellu las contrarresta señalando que
el maratón es un fenómeno que excede lo deportivo y que ciudades como París “se cortan al medio”
(algo que no sucede en Rosario) cuando se corren los 42 kilómetros a partir de que sus habitantes
entienden y participan, cada uno a su modo, de un hecho cultural, político y deportivo.

Por su locura, y la de otros que se fueron sumando, el maratón es una realidad. Bienvenida sea
otra edición.




 
 
 

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