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8 de Octubre de 2014

El rugby va a la guerra

Por Ezequiel Fernandez Moores

A Dave Gallagher, capitán de "Los Originales", primeros All Blacks que, con ese nombre,
ganaron 31 de los 32 partidos de la gira de 1905 por Inglaterra, con 830 puntos a favor
y 39 en contra, las balas de metralla alemana le perforaron el casco en Gravenstafel
Spur, el 4 de octubre de 1917 en la Batalla de Passchendaele, territorio belga. Salón
de la Fama del rugby y estatua de bronce en Eden Park, uno de los primeros jugadores
míticos en la historia de los All Blacks que juegan este sábado en La Plata, Dave Gallagher
había sufrido meses antes las muertes de sus hermanos Douglas y Henry, también en
combate. Nueva Zelanda vive su peor día el 12 de octubre de 1917, con la muerte de
casi tres mil soldados en Passchendaele. Otros All Blacks, Albert Downing y Henry Dejar,
mueren en la tremenda batalla previa de Gallipoli. Y Frank Wilson y Robert Black caen
en la de Somme. Trece All Blacks mueren en total en el frente. En el mismo 1917, una
selección de Nueva Zelanda integrada por soldados en combate planea una gira
por Inglaterra. The Times afirma que ya hay cientos de boletos vendidos. Es demasiado.
Los rugbiers soldados, dispone la autoridad, no tienen que distraerse de su deber
patriótico: la Primera Guerra Mundial.

La guerra que la prensa recordó en estos meses, porque estalló exactamente cien años atrás,
es tomada en 1914 por el rugby inglés como un imperativo moral. Los caballeros amateurs que
buscan imponer al proletariado los valores de las clases medias de la Inglaterra victoriana
asumen su compromiso. "La guerra -dice el texto de un rugbier citado por Tony Collins en
su Historia social del rugby inglés- es el juego para el cual nos hemos estado preparando
durante muchísimos años." En marzo de 1914, cuatro meses antes del estallido, Inglaterra
y Escocia juegan la Copa Calcuta en Edimburgo. Seis meses después, el centro "Bungy"
Watson, figura inglesa del partido, muere cuando un torpedo alemán hunde al buque de
guerra HMS Hawke. A su legendario capitán, Ronald Poulton-Palmer, lo mata en 1915
la bala de un francotirador. El winger Arthur Dingle muere en Gallipoli. Su cuerpo jamás fue
encontrado. El medio scrum Frank Oakeley se hunde con un submarino. El pilar Arthur
Maynard muere en Somme. Veintisiete internacionales ingleses mueren en la guerra. Por
el lado escocés, Arthur Will, autor de dos tries en el clásico de 1914, también cae en el
frente. Igual que sus compañeros James Huggan, el full back William Wallace, el
debutante Eric Young y el medio scrum Eric Milroy. Otros veinticinco internacionales
escoceses no vuelven a casa. La cancha de Inverleith, escenario del partido, se convierte
en campo militar.

"Eran los más importantes de toda una generación de jóvenes -escribió Collins- dispuestos
a sacrificarse por los principios imperiales por los cuales se habían levantado y en cuyo
espíritu jugaban al rugby." La Rugby Football Union (RFU) cree que el rugby tiene un objetivo
más elevado que el mero entretenimiento: entrenar jóvenes para ser líderes del Imperio. A
fines del siglo XIX, el rugby, efectivamente, era una forma de entrenamiento militar.
"Quince compañeros combatiendo hasta morir por la gloria", decía la canción del Dulwitch
College. "¡Quién no moriría por Inglaterra!", recitaba el poeta Alfred Austin. Ya en pleno
conflicto, Billie Nevill, rugbier de Dover Collage, llega a escribir desde el frente que "la guerra
es lo más divertido que uno pueda imaginar". El rugby se siente líder. "Es el deporte que
mejor desarrolla las cualidades de un buen combatiente -dice el almirante Lord Jellicoe-,
enseña el desinterés, espíritu de cuerpo, a decidir rápido y a estar siempre alerta." Los
clubes con vínculos más estrechos con las fuerzas armadas se quedan sin jugadores.
El 4 de septiembre de 1914, la RFU suspende todos los campeonatos y urge a que vayan
a la guerra todos los jugadores de entre 19 y 35 años. El impacto llega en 1916 al rugby
argentino. Los equipos locales también se quedan sin jugadores. Son británicos que van
a la guerra. El rugby inglés se enoja con el fútbol "poco patriota", porque sigue su
campeonato en medio de la guerra. "Están gobernados por el comercialismo", acusa
Rowland Hill, secretario general de la RFU. En el frente, los rugbiers oficiales aceptan que
los soldados jueguen fútbol en los tiempos de recreo. Hay menor chance de lesiones.
Y es más integrador y popular

Los rugbiers-soldados también juegan partidos de rugby en plena guerra. Los equipos no
tienen nombres de clubes, sino de batallones. Militares de Inglaterra, por ejemplo, enfrentan
a sus pares de Gales a fines de 1914 en Sussex. Y repiten contra militares de Escocia en 1915
en Northampton ante 15.000 personas. Se juega con menos violencia. Los árbitros se niegan
a dirigir partidos con soldados de Gales, porque golpean demasiado. También se juega rugby
en pleno frente de combate. La RFU relaja sus rígidos reglamentos de amateurismo y permite
a sus jugadores compartir equipo con soldados que ya son rugbiers profesionales en la unión
rival. Hay registros de partidos apenas antes de la batalla de Loos, en septiembre de 1915.
Un oficial se rompe la clavícula jugando el día previo a la batalla de Somme. El legendario
Poulton-Palmer juega rugby en el frente belga hasta poco antes de su muerte. Y el poeta
Robert Graves se alista como full back con su batallón en Francia. La RFU quiere formar un
batallón de rugbiers. La oficina de guerra responde que no es posible, pero que muchos
oficiales recibirán con alegría regimientos de hasta 120 rugbiers. Edgar Roberts "Mobbsy"
Mobbs, tres cuartos capitán de Northampton e Inglaterra, se enrola como voluntario pese a
que está en la edad límite. Forma una compañía (Mobbs Own) de 250 deportistas. Una leyenda
dice incluso que Mobbs, así como otros oficiales lo hacían con pelotas de fútbol, patea una
pelota de rugby hacia campo rival apenas antes de ordenar a su tropa que inicie el ataque.
Oficiales alemanes agradecen tanta ofensiva frontal. Mobbs muere en julio de 1917 en
Zillebeke, en pleno ataque en Bélgica contra un puesto de metrallas.

A los 27 internacionales de Inglaterra (sobre 160 que fueron al frente) se suman, entre
otros, 300 rugbiers muertos de la ciudad de Bristol, 44 jugadores de London Scottish, 73 de
Richmond, 72 de Rosslyn Park, 57 de Liverpool, 45 de Clifton, 33 de Hartlepool y 13 de Old
Merchant Taylor. Mueren también 103 de los 760 rugbiers profesionales que van a la guerra.
"Del seleccionado inglés que jugó ante el rey en Twickenham en 1914 -escribe The Times-
apenas un jugador queda vivo." El club Blackheath anuncia orgulloso que uno de sus
jugadores muere en combate. Mueren muchísimos jóvenes oficiales. Muchos de ellos son
rugbiers. "Gentlemen." Amateurs. Miembros de las escuelas de elite que atacan liderando
la tropa, sin refugiarse detrás de sus soldados. "Estamos orgullosos de la raza de nuestros
jugadores. Su sacrificio supremo -dice Arthur Hartley, presidente de la RFU- no será en
vano si vivimos noblemente y llevamos el juego bajo ese espíritu." E.H.D. Sewell escribe en
The Rugby Football International's Roll of Honour: "No hay nadie entre nosotros que no
sienta envidia por sus muertes gloriosas por el rey, por el imperio, por la justicia". Y añade:
"Si Inglaterra nos llama nuevamente, seremos los primeros en el line out, empujando con
ganas hasta que la batalla comience, listos para golpear, pase lo que pase". "Guerrero
feliz", saluda el rugby, recordando un viejo poema, la muerte del capitán Poulton-Palmer.
La Primera Guerra Mundial provoca unas diez millones de muertes. Veinte millones de personas
sufren heridas o mutilaciones. Otro capitán de rugby, el escocés John McCallum, oficial médico
de Argyllshire, se niega a combatir. Rechaza una convocatoria forzada, es sometido a una
corte marcial y enviado a la prisión de Perth. "¿Eran simplemente cobardes los hombres que
rechazaron ir a la guerra? ¿Deberíamos tratarlos de traidores o conmemorarlos como a
quienes murieron sirviendo al rey y a su país? Se lo pregunta el periodista Ron Ferguson,
que incluye en esa lista al rugbier McCallum. Ferguson admite que plantea "una cuestión
complicada y controvertida. Pero las cuestiones complicadas y controvertidas -añade- a
menudo llegan al corazón de las cosas".

Fuente: Diario La NAción



 

 
 
 

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