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07 de Agosto de 2013

"Soy educado, quiero escuchar"

 

Por Ezequiel Fernández Moores

Después del velatorio, los amigos de Billy Ray, que en 1958, con 93 años, era
el último boxeador sin guantes en Nueva York, iban a beber a comienzos del
siglo XX a una taberna en el Bowery, entre Chinatown y Little Italy. Llevaban al
muerto. Cuando se retiraban y el mozo preguntaba quién pagaría la cuenta,
todos señalaban al amigo fallecido, que seguía allí sentado, sin chances de
escapar corriendo. Ganador de 130 en 150 combates, casado siete veces, Billy
Ray es uno de los tantos personajes de los que habla el periodista y escritor
estadounidense Gay Talese, acaso una de las plumas más elegantes que haya
pasado por la prensa deportiva. Sus crónicas más celebradas retratan a ídolos
como Joe Louis y Muhammad Alí, aunque, si le dan a elegir, Talese prefiere tal
vez sus artículos sobre Floyd Patterson y Joe DiMaggio. Leyendo a Irwin Shaw,
Talese aprendió de football americano. Carson McCullers le enseñó hípica. Y
Francis Scott Fitzgerald golf. En realidad, los novelistas estadounidenses más
importantes de su época, más que las secciones de los diarios y las revistas,
ayudaron a Talese para escribir de deportes. El deporte, en rigor, le sirvió de
hermosa excusa para escribir acerca de la vida.

"Siento permanente fascinación por los deportes como símbolo de la necesidad
humana de éxito y siento respeto por los deportistas, pues asumen riesgos que
a menudo no alcanzan sus expectativas? Todo deportista que ha escuchado los
vítores en un estadio ha sufrido también los abucheos y la furia que expresan
la decepción y desaprobación de los espectadores." Talese se interesó por el
deporte y los deportistas, pero no por el quién-qué-cómo-cuándo-dónde, sino
-como afirma el periodista Michael Rosenwald- por la escena, los personajes,
el diálogo y la narración. En un cuaderno seguía las noticias del día a día. En
otro apuntaba notas. Gilbert Milstein, editor de The New York Times, eliminaba
palabras y daba tensión a sus primeros textos. Y Talese aprendió de Shaw que
"escribir es un deporte de contacto intelectual", con "un esfuerzo que puede ser
agotador" y no "llegar a la meta", pero que aún así deja "una especial
satisfacción en el juego". Talese jugó al periodismo deportivo saliendo de las
reglas. Haciendo de cada artículo una deliciosa historia. Hablara de Alí o de un
anónimo abonado a la derrota. Rosenwald revela que sus relatos eran tan
atractivos y originales que algunos colegas creían que Talese inventaba hechos.
Sus entrevistados, en realidad, solían abrirle sus corazones. "Soy educado,
quiero escuchar", contaba Talese. "Lo que hacía -cuenta Rosenwald- era
simplemente mirar donde los demás no miraban: en los rincones, en las
sombras."

Sólo así Floyd Patterson le confesó que, humillado tras caer por nocaut en el primer
round ante Sonny Liston, en 1962, viajó en coche de Chicago a Nueva York
disfrazado con una barba "beatnik" que le costó 65 dólares, bigote grueso, gafas
oscuras y sombrero inclinado. El nocaut, le contó Patterson, aturde, pero los
primeros cuatro o cinco segundos produce la sensación de flotar en una nube
agradable, antes de caer en un dolor más confuso que físico, en una mezcla de
rabia y de vergüenza. Patterson, que de niño creció creyendo que Jesús sólo
podía ser blanco y que cayó a un reformatorio después de que lo detuvieron
robando vestidos que quería regalar a su madre, fue tema favorito de Talese
por cierta fama de perdedor. Lo siguió en giras con "periodistas que hacen las
preguntas de siempre y obtienen las respuestas de siempre". Y cuando Talese
le preguntó, tras una mala pelea, por qué seguía boxeando si carecía de odio
para golpear al rival, Patterson le respondió: "¿Por qué escribes? ¿Te retiras de
la escritura cada vez que escribes una mala historia?". ¿Para qué seguir
sacrificándose con entrenamientos y privaciones?, insistió Talese. "No te das
cuenta de dónde vengo. No comprendes dónde estaba cuando empecé", respondió
Patterson. Talese salteaba las reglas porque las conocía como nadie. Lo demuestran
los inicios impecables de sus crónicas, ese primer párrafo que decide al lector si
seguir o abandonar. "Había una vez un púgil siciliano de ojos azules, tatuado y
rubicundo, llamado Martin Sinatra, el cual, deseando incrementar sus oportunidades
de empleo en los Estados Unidos en un momento en que no había ninguna ventaja
apreciable en tener un apellido italiano (excepto en la mafia), se presentó en el
cuadrilátero como Marty O'Brien." Así comienza "El hijo del púgil", publicado por
The New York Times en 1998. Martin Sinatra era el padre de Frank Sinatra.

Para Talese, un Leonard Cohen de traje y sombrero, nacido hace 81 años en Nueva
Jersey, casado y con dos hijas, el periodismo, muchas veces, "se apresura" al ceder
espacio "a gente que busca llamar la atención y que utiliza los hechos para sus
propios fines". Lo escribió al cuestionar la matriz racista que muchos medios
adjudicaron en 1997 a diversos episodios de la NBA, "una de las industrias menos
racistas del país", según dijo, en la que hinchas blancos pueden gritar críticas a un
jugador negro sin interpretaciones raciales de terceros. En una entrevista reciente
con la revista de El País, Talese, que guarda en su estudio cajas y cajas con artículos
y documentos, se declaró defensor celoso del periodismo como fuente de verdad.
Pero en su artículo de 1997 sobre la NBA sugirió que los medios deberían contenerse
"un poco más a la hora de difamar a las personas de las que informan". Parece un
pedido imposible en tiempos de puro impacto, en los que una eventual
descalificación de una línea vale más que las 99 líneas restantes de reflexiones
profundas. No es que Talese sea complaciente. Critica al periodismo deportivo
que sólo "engalana" al ídolo, "llora por sus músculos destrozados" y hasta enumera
"los trenes que ha perdido". Maestro de las frases largas y complejas, su forma de
retratar al ídolo queda reflejada en sus celebradas crónicas sobre Joe Louis, Alí y
DiMaggio, entre otros.

"Joe Louis: el rey en la mediana edad" (Esquire, 1962), marcó, según Tom Wolfe,
el inicio del llamado Nuevo Periodismo, crónicas que tomaban prestadas las
herramientas de los escritores de ficción para contar historias verdaderas. "Yo llevaba
años trabajando así, nunca pretendí hacer algo nuevo, sí algo que perdurara en el
tiempo, que pudiera envejecer y seguir teniendo la misma resonancia", dijo Talese.
Su crónica describió como ninguna otra la vida en retiro de Louis, quien hace negocios
hasta con la Cuba comunista y le dice que "Fidel Castro es muchísimo mejor para el
pueblo cubano que la United Fruit Company". Treinta y cuatro años después, el otro
mítico rey de los pesos pesados y Cuba vuelven a compartir historia ("Alí en La
Habana" Esquire, 1996). El momento en el que un Alí ya sin habla por el Parkinson
enseña sus trucos de magia a Fidel es formidable, lo mismo que cuando el ex
campeón se duerme ante los ojos del líder cubano, ya agotado de una reunión
interminable y no muy bien provista. Esa crónica, luego premiada, casi no tuvo
medio que se animara a publicarla. Lo mismo que cuando Talese, autor también
de libros sobre mafia, periodismo y sexo, sugirió viajar a China para ver cómo
había sido recibida en Pekín una selección derrotada por Estados Unidos en la final
del Mundial de fútbol femenino de 1999. "Los vestuarios de los perdedores -intentó
convencer a su editor- enseñan mucho." No tuvo éxito. Lo cuenta el propio Talese
en "El silencio del héroe", un libro formidable que compila sus mejores crónicas
deportivas, recientemente publicado por Alfaguara en España. El título homenajea
a DiMaggio, la gloria del béisbol que ordenó que siempre hubiera flores en la tumba
de Marylin Monroe, su ex esposa. En ese artículo (Esquire, 1966), Talese brilla al
contar el momento en que DiMaggio, ya retirado, anota un home run en un partido
homenaje. Y "entonces -escribe- miles de personas se pusieron de pie de un salto,
como locos, gritando de alegría: el gran DiMaggio había vuelto; volvían a ser jóvenes;
era ayer"


Fuente: Diario La Nación

 

 
 
 

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