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15 de Julio de 2013

El deporte habla

 

Por Ezequiel Fernadez Moores

Faltan apenas unas horas para el inicio de la carrera. Los atletas, que llegaron
desde Buenos Aires el día anterior en el tren Estrella del Norte, caminan entre
bromas y risas por la "Casa Histórica". Son cerca de 20. Ya habían visitado la
Casa de Tucumán por la mañana, pero la caminata sirve para aflojar músculos
y nervios antes de la prueba "Día de la Independencia", que será trasmitida a
todo el país por la "Oral Deportiva" de Radio Rivadavia, que conduce el "Gordo"
José María Muñoz. Estamos en setiembre de 1976. Se cumplen seis meses del
golpe del 24 de marzo. De repente, camiones y camionetas de la policía rodean
a los atletas. Todos contra la pared. Manos arriba. Los atletas siguen tranquilos.
Saben que nadie ha hecho nada y que no hay nada qué temer. Alberto Páez,
el más grande del grupo, explica que son atletas. Que deben correr en unas horas.

"¿Así que ustedes son atletas?", los patean los policías en los tobillos. Los llevan
a la comisaría. Páez pide que llamen al gran Osvaldo Suárez. El tricampeón de la
San Silvestre, que fue el encargado de la convocatoria en Buenos Aires, llega
rápido a la comisaría y logra sacar a los atletas. A sólo minutos del inicio de la
carrera.Miguel Benancio Sánchez, nacido el 6 de noviembre de 1952 en el "Barrio
de Las Moras", en Bella Vista, cabecera del Departamento Leales, se entera del
episodio apenas antes de la largada. Viajó con sus compañeros desde Buenos
Aires, con chapa de candidato al triunfo. Pero al llegar a San Miguel se abrió del
grupo porque, obviamente, quería saludar a su familia. Sus comprovincianos,
enterados de los progresos, habían recibido a Miguel casi como "una estrella de
cine". Y Miguel quería ganar ante los suyos. Pero la noticia de la detención
masiva de sus compañeros lo impacta.

Miguel había hablado mucho sobre la generosidad de sus comprovincianos. En
la carrera, ganada por el tucumano Héctor Córdoba, Miguel estuvo lejos de su
nivel. Al regresar a Buenos Aires, siguió deshaciéndose en disculpas. "De esa
manera -concluye su relato Manuel Bazán-, mostraba una vez más la personalidad
del querido 'Tucu' Miguel Sánchez, querido amigo y compañero siempre estarás en
la memoria de quienes te conocimos y disfrutamos de tu amistad. Que Dios te
tenga en la gloria".

El texto de Bazán forma parte del hermoso libro que el historiador, dirigente y
exfuncionario deportivo Víctor Lupo presentará este martes en el Anfiteatro de la
Casa de Tucumán en Buenos Aires. El colega Guillermo Monti contó un mes atrás
en las páginas de La Gaceta sobre la presentación en San Miguel del libro
"Deportistas y Hazañas Deportivas. 100 Ídolos Tucumanos"(1912-2012), del
Centenario al Bicentenario de la Batalla de Tucumán".

Recojo la historia de Miguel Sánchez seguramente porque es la que siento más
cercana. Víctor menciona las palabras que el periodista Valerio Piccioni, organizador
de "La Carrera de Miguel" en Roma, dice a un documental: "tenía coraje cuando
hablar era la cosa más peligrosa del mundo". Y Piccioni cita aSegundo Correa,
amigo de Miguel: "no es peligroso el hombre que piensa, sino el que con su
pensamiento llega a los otros". "Y Miguel -cierra Valerio- se interesaba en los
otros, creía que toda persona tiene algo que enseñarte. Y ese es el sentido más
profundo del deporte. Lo admiro". Participé activamente dos años atrás en la
realización de ese documental, que dirigió el colega Christian Rémoli y que fue
difundido por la TV pública, uno de los ocho capítulos de una serie llamada "La
Patria Deportiva". Y todavía recuerdo la emoción que produjo encontrar a Javier
Casaretto.

Es el único testigo que recuerda haber visto por última vez a Miguel. Lo vio en El
Vesubio, el centro de detención y torturas que la dictadura instaló cerca de la
Autopista Ricchieri. A Miguel, que tenía 25 años, lo secuestró una patota militar
el 9 de enero de 1978. Nunca más se supo algo de él. Elvira Sánchez, hermana
de Miguel, se enteró de Casaretto por el juicio que en 2011 dictó condenas para
siete represores de El Vesubio, el centro por el que también pasaron, entre tantos
otros, el escritor Haroldo Conti, el historietista Héctor Oesterheld y el cineasta
Raymundo Gleyzer. En un café de Avenida de Mayo, y con Piccioni de acompañante,
Elvira pudo escuchar, 33 años después, de qué modo Casaretto recordaba a Miguel
vital hasta sus últimos días. "Miguel -le contó Casaretto- protestaba diciendo que
él venía de representar al país. Aún encapuchado les gritaba a los carceleros".
Miguel, efectivamente, venía de correr la San Silvestre. Acaso relajado, sintiéndose
ingenuamente más seguro, porque estaba afuera del país, Miguel, militante
peronista, habló con la prensa en Brasil sobre la dictadura. Su desaparición,
presumen muchos, pudo formar parte del "Cóndor", el siniestro plan de las
dictaduras del Cono Sur de intercambio de información para reprimir cualquier
disidencia. La Carrera de Miguel, que comenzó en Roma, ya es una tradición
anual en Buenos Aires, aunque el PRO de Mauricio Macri la organice a desgano
y la vacíe de contenido. Y se corre en otros numerosos puntos del país. Se corre
para recordar.

Para recordar, y agasajar, escribió también Lupo su libro que homenajea a otros
numerosos deportistas tucumanos. Desfilan desde Rafael Albrechthasta Humberto
Delgado, una leyenda que pudo haber sido oro en el maratón de los Juegos
Olímpicos de Los Angeles 1932 que terminó ganandoJuan Carlos Zabala y que
tuvo una vida cinematográfica, de esas que confirman que el deporte sigue siendo
una formidable máquina narrativa. Aparecen, por supuesto, el "Turco" Nasif Estéfano,
Mercedes Paz, Lucas Victoriano y el más nuevo Emmanuel Lucenti. Y, entre muchos
más, Pablo Garretón, Santiago Mesón yMartín Terán, algunos de los nombres de
"La época dorada del rugby tucumano" (así se llama otro capítulo del libro). Tiempos
que incluyen la mención de Alejandro Petra, entrenador formidable. Cuando yo era
más joven y cubría rugby para la revista "El Gráfico", Petra, pícaro, me decía que en
Buenos Aires estaban preocupados por el avance del rugby tucumano. Y que lo
mismo había sucedido en Nueva Zelanda cuando el rugby había dejado de
pertenecer a una élite. Porque aparte de ser una gran máquina narrativa, el
deporte es, ante todo, inclusión. Bien lo sabe Lupo, que, en tiempos en que todo
se privatizaba en este país, él siguió incluyendo como funcionario nacional del
deporte. Ahora incluye recordando y escribiendo.

Fuente: La Gaceta

 

 
 
 

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