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8 de Octubre de 2014

Solo Dios supo lo que vendría



Se cumplen 55 años del debut como amateur de Carlos Monzón. Fue en el Pabellón de Industrias de nuestra
ciudad y, en el terreno aficionado, el inolvidable Escopeta disputó 87 combates, con un récord de 73-6-8.

igual que a miles de púgiles a lo largo de la historia en todo el mundo, el boxeo fue el único modo de ganarle
a la pobreza para Carlos Monzón y, por ello, un día ingresó al Club Cochabamba, sito en Cochabamba 45, en el
barrio de Barranquitas de nuestra ciudad, a cargo de Marcelino Mono Martínez y Roberto Agrafogo. Era una
casona vieja, con piso de ladrillos, dos bolsas en el fondo y un ring con piso de madera, sin lona y de solo dos
cuerdas.

Allí, Monzón tomó las primeras lecciones y conoció los rudimentos del boxeo: cómo pararse, mantener la izquierda
extendida –Carlos era de guardia diestra–, cintura y avanzar y retroceder, junto con sesiones de bolsa. Un día,
Martínez decidió que hiciera guantes pero, a la hora de aplicar lo aprendido, su pupilo resultó aplazado: es que a
su rival lo corrió por todo el ring, con el único deseo de noquearlo, y pareció más una riña callejera que un round
de boxeo.

La consecuencia lógica fue que Carlos volviera a las lecciones iniciales pero, hastiado de ello, pocos meses después
se marchó. Recaló en el Minella Boxing Club, cuyo titular era Ricardo Ceferino Minella, ubicado en Paraguay 3082
donde, por entonces, los profesionales que representaban al mismo eran Américo El Inglés Bonetti y Ramón Perelló.
Los principiantes, como Carlos, eran atendidos por Lito Zanutig y Sixto Gómez. Este gimnasio era más grande
que el anterior –se trataba de un galpón especialmente acondicionado de casi 30 por 15 metros–, con dos rings,
bolsas y punchings. Sin duchas, al igual que el Club Cochabamba, difería de aquél en que contaba con baño.

Allí, Escopeta fue comprendiendo que no tenía sentido correr a sus adversarios por el cuadrilátero, sino que el
verdadero negocio consistía en que había que pegar sin dejarse pegar y aplicar una estrategia para ganar un
combate. Ya se destacaba por su altura y la longitud de sus brazos, guanteaba periódicamente y, a diario,
alimentaba sus deseos de debutar como aficionado. Hasta que ese inolvidable e histórico día –por los logros
incomparables que lograría años después– por fin llegó.

Cuando empezó todo Fue el viernes 2 de octubre de 1959, cuando tenía 17 años, un mes y 25 días. El primer rival
fue Raúl Cardozo, con quien empató en 3 asaltos en el Pabellón de Industrias de la Sociedad Rural, frente al Club
Atlético Unión, en la misma esquina donde Monzón vendía diarios y lustraba zapatos. Su primer viático fue
de 50 pesos y, su actuación, dejó bastante que desear. Con la única idea de noquear a Cardozo –tal como
cuando hizo guantes por primera vez en el Club Cochabamba–, a Monzón le hirvió la sangre y se dejó llevar por
su temperamento –no por lo que indica la ciencia pugilística– y, además, por los silbidos del público, que
desaprobó su presentación. Igual, el empate fue justo y, poco después, Carlos le GKO 2 a Cardozo en la
revancha.

A principios de 1960, el destino lo pondría en manos de quien sería su hacedor y con el que alcanzaría la
gloria y el unánime reconocimiento mundial: Amílcar Oreste Brusa. Hechos el uno para el otro A Carlos le habían
hablado muy bien del Maestro y, por lo que había averiguado, éste era exigente como pocos, apegado al trabajo
duro –dentro y fuera del gimnasio–, la rígida disciplina, la indelegable responsabilidad con la que tomaba todo lo
que emprendía y con una honestidad a prueba de balas. Claro, si pretendía entrenar a sus órdenes, Monzón
debería, entre otras condiciones, dejar el cigarrillo –fumaba desde casi los 15 años, y Brusa siempre fue
un acérrimo y declarado enemigo de este vicio–, abrirse de ciertas compañías inconvenientes y llevar una
vida ordenada.

No se equivocó en nada... El primer contacto fue en Sunchales, en un festival amateur del que Carlos participó.
“Brusa, yo quiero venir con usted. A mí me robaron y sé perfectamente que usted no me va a robar”, le tiró su
futuro pupilo. Cuando el Maestro –quien también trabajaba en el Banco Español, lo que hizo hasta 1971, al
año siguiente de que Monzón anestesiara a Nino Benvenuti en Roma y se convirtiera en el rey de los medianos–
le preguntó por qué, éste le respondió que le habían prometido un viático que, en esos años, rondaba los 1.500
pesos pero que, tras la pelea, sólo le ofrecieron 700 y, encima, de ahí le dedujeron el porcentaje. Días
después y, tras chequear exhaustivamente los dichos de Monzón, el Maestro corroboró la veracidad de los
mismos. La siguiente oportunidad en que se reunieron, fue en el gimnasio de Unión, el que estaba a cargo de
Brusa y se encontraba en el subsuelo de la actual sede del club. El precario lugar no contaba con duchas ni baños
y, para utilizarlos, los púgiles debían recorrer más de 50 metros al aire libre, hasta los sanitarios que se
encontraban debajo de la actual tribuna de las Bombas. Encima, cuando llovía, el gimnasio se inundaba.

Aunque Carlos fue un reconocido hincha de Colón, se entrenó en estas instalaciones y representó a los Rojiblancos
durante casi diez años, hasta poco después de consagrarse campeón mundial, cuando el Maestro –hincha de
Unión– inauguró su moderno gimnasio en el centro de la ciudad. A partir de ese segundo y decisivo encuentro,
Monzón y Brusa no se separaron jamás. Fueron casi 17 años –hasta que Carlos anunció su retiro el 29 de
agosto de 1977 como campeón unificado AMB-CMB reinante– en los que transitaron todos los rings de la ciudad,
la región, la provincia, el país y el mundo. La campaña amateur de Monzón fue buena y, en cada combate,
pulía cada vez más el estilo boxístico que lo llevaría a la cima: ser un canto a la practicidad, con una altísima
eficiencia sobre el cuadrilátero. Incluso, representó a Santa Fe en el Argentino de Novicios que se realizó en la
Federación Argentina de Box, ubicada en Castro Barros 75, en el barrio de Almagro de Capital Federal y, el
premio para el ganador, era integrar el equipo de nuestro país en el Latinoamericano Amateur que se
disputaría poco después en Buenos Aires. Tras llegar a la final, Carlos cayó en la misma ante Osvaldo
Mariño –un moreno veloz, escurridizo, que tocaba y se iba–, quien se había consagrado poco tiempo
antes campeón sudamericano. Los números del récord de Monzón como aficionado hablan de la muy
rica experiencia que adquirió: realizó 87 combates, de los que ganó 73, empató seis y perdió ocho.

Los seis que lo vencieron fueron Rodolfo Cecarossi –Carlos se tomó desquite en el amateurismo al imponerse en
la revancha–; Salvio de Meo; René Lamboglia; Ismael Hamze y Osvaldo Mariño –a estos dos los derrotaría en el
profesionalismo– y, una mención especial, merece el rafaelino Raúl Pérez, con quien Monzón combatió en cinco
oportunidades y nunca pudo derrotarlo: el Talón le ganó tres veces al oriundo de San Javier y, en las dos restantes,
empataron. El miércoles 12 de diciembre de 1962, cuando tenía 20 años, cuatro meses y cinco días, Monzón
disputó su último combate amateur: fue en el Pabellón de Industrias –donde había debutado como tal poco más
de tres años antes– y le GKO 2 al rosarino Benito Cejas. Se había cerrado una etapa y, la próxima, sería su ingreso
al profesionalismo, lo que se produjo al año siguiente, donde Carlos brillaría –y como nadie– en la historia del
boxeo argentino.

Julio Cantero/ovacion.santafe@uno.com.ar Fuente: Diario UNO


 

 
 
 

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