Principal

Historia

Principios

Estatutos

Comisión Directiva

Socios

Legislación

Que hacemos

Subsidios Nacionales

Congresos

Laboral

Explicativos

Historia de un club

Contáctenos

 

 

 

 

11 de Junio de 2014

Cuando el fútbol es una buena excusa para jugar
y recrear valores solidarios


El psicólogo Marcelo Márquez, el entrenador Miguel Macri y el ex jugador Kurt Lutman
priorizan la formación grupal y atrevida, como práctica para la vida. Para hacer del Mundial
una herramienta educativa.

Cada cuatro años un Mundial de fútbol desembarca, desde la televisión, en cada confín del planeta.
Cuando esa explosión y comercialización de espectáculos y pasiones irrumpe en las aulas se
implementan actividades para vincular ese fenómeno con la enseñanza. El torneo suele ser
utilizado como disparador de ejercicios de matemática, lengua y geografía, entre otras materias.
Pero algunos profesores, desde sus experiencias de trabajo con chicos y en canchas deportivas,
afirman que con el fútbol también puede propiciar el desarrollo de valores esenciales para la
vida: el trabajo colectivo, la inclusión de las diferencias, la superación de situaciones adversas,
la confianza en revertir resultados, el rebelarse a la domesticación y el afianzar el arraigo, entre
otros. Jugar también es jugarse, arriesgar y crecer, dicen Marcelo Márquez, profesor de
educación física y psicólogo de equipos de fútbol; Miguel Macri, ex jugador y entrenador,
y Kurt Lutman, ex jugador del seleccionado Sub 17 (1993).

“En un partido del Mundial podemos observar y charlar con los alumnos sobre cómo se resuelven
las situaciones que se presentan. El torneo genera ocasiones para pensar en la capacidad
que hay que desarrollar para salir de una adversidad, entonces surge el valor del trabajo
en equipo, la necesidad del otro para jugar en grupo y solidariamente”, señala Marcelo Márquez,
quien también trabaja con las divisiones de Central, y antes también lo hizo con el plantel de
división superior de Vélez Sársfield.

Para Macri, el Mundial se debe vincular con la educación: “No entiendo que se hable de fútbol
sin hablar de valores. Lo que se aprende con el fútbol se lleva a la escuela, a la casa y al tener
hijos se los trasmite”. El técnico jugó con Central Córdoba en la B y en la C, y llegó a la A con
Unión. “A los 26 años —dice—, me di cuenta de que lo que quería del fútbol no existía en ese
nivel, me enojé y dejé”. Hoy con 52 años entrena en el Club San Roque de Barrio Magnano
y afirma: “Los jugadores que llegan a primera división, a torneos de campo o al potrero, al
hablar de quién fue su principal técnico, nombran a alguno que les dejó valores de
compañerismo, justicia y solidaridad”.

Herramienta. En tanto, Kurt Lutman, miembro del seleccionado Sub 17 en el Mundial Juvenil
de 1993 en Colombia, sostiene que “en las escuelas el fútbol debe ser una herramienta para
la formación de los chicos. Después, el pibe quizás se dedique a otra cosa, pero llevará
por la vida esa información que un técnico le aportó”. El volante debutó a los 17 en la
primera de Ñuls y hoy coordina un taller en la Colonia Psiquiátrica de Oliveros, “donde
también jugamos al fútbol”. Messi puede equivocarse. Márquez advierte que en el Mundial
se podrá algo valioso para pensar: “En los 70 partidos veremos que deportistas que están
en el máximo nivel también se pueden equivocar. También se podrá ver qué hacen para
intentar superar eso y salir jugando. Para mí eso es muy educativo, se debe instalar la idea
de que un jugador que gana millones de dólares y juega en el Real Madrid, también se
equivoca, como nos pasa a todos en situaciones de la vida”.

Sobre las expectativas y presiones que rodean a un super futbolista o que siente un chico
en clase o una canchita, Márquez afirma que “nadie se puede hacer cargo de las expectativas
de los demás, hay que jugar lo mejor posible, pero tranquilo. Al intentar levantar esa mochila
pesada llena de presiones se pierde la espontaneidad y la capacidad de tomar una decisión
adecuada, porque se miden mucho las consecuencias de una acción”.Agrega que trabajar
sobre eso con los alumnos, sirve para adentro y fuera de una cancha.

En ese marco, agrega que “en el juego se puede pensar una jugada, un pase, cabecear o patear
al arco, pero se anula todo si se piensa en qué puede pasar si no sale bien lo decidido.
Cuanto más expectativas se crean, más aumenta la presión porque parece que no se pueden
cometer errores, entonces llega el temor a equivocarse y eso impide jugar suelto y decidido”.
Márquez sostiene que es “importante que las emociones no jueguen en contra, sino a favor
nuestro”. “Para eso —continúa— debo conocer mis fortalezas, debilidades y cómo enfrentarlas.
El eje pasa por no dramatizar esa situación para poder generar respuestas y actuar”.

Y agrega: “Estoy convencido que esos jugadores que debutan en primera a los 18 ó 19 no han
tomado al fútbol como lo único de su vida, aunque lo consideren importante y asuman
responsabilidades”.

“Además, si no tengo lugar en Ñuls, Central, Argentino o Central Córdoba puedo seguir en
otras divisiones, en el interior de la provincia o en otras y también en el extranjero. Para
ser profesional me preparé durante diez años y no es un fracaso jugar en un lugar que
no era el soñado”, advierte Márquez. Son cuestiones que ligan al fútbol con lo que pasa fuera
de la canchas.

 “Los adultos que estamos en el deporte debemos ser educadores, con la responsabilidad de
trabajar con niños y adolescentes. A veces la palabra de un adulto que está a cargo de un grupo
puede ser muy importante”, explica el psicólogo graduado en Rosario y con posgrado en La
Habana, además de ser profesor de psicología aplicada al deporte en la Facultad de Psicología
de la Universidad Nacional de Rosario. Con equipos de fútbol trabajó en Central de 1992 al 2002,
además de desempeñarse en Vélez Sársfield junto a Ricardo “Tigre” Gareca durante 6 años, y
regresar en 2013 a Central, donde compartió el equipo técnico con Miguel Macri. Hoy también
es psicólogo de atletas santafesinos becados por destacarse en distintas disciplinas.

Márquez admite que muchos entrenadores no son profesores de educación física: “Es necesario
conocer al chico, y al ver un gesto en la práctica o partido se debe leerlo para trabajar sobre esa
situación”.

Profesores. Advierte que “hay clubes que tienen un presupuesto que les permite tener profesores,
pero en otros los dirigen padres Márquez comenta a La Capital que regresa de trabajar con chicos
de la novena de Central. “Hablamos sobre situaciones que nos ponen nerviosos en un partido,
cómo son y cómo podemos enfrentarlas. En el encuentro participa el preparador físico y el técnico,
luego la idea es trabajar sobre esas cuestiones”.

Remarca que “el sentido de pertenencia nos identifica, sentimos que pertenecemos a un club,
un barrio, una escuela. Por eso son importantes los valores a trasmitir a los jugadores, hacer
sentir útil y respetado al compañero. Terminado el Mundial hay que seguir instalando en el
grupo que no hay uno que puede hacer todo solo, ni Messi no puede hacer todo. Necesitamos
de todos, hay que dejar el individualismo”.

La biblioteca, la llama interior, la merienda y el tai chi chuan

“El fútbol es una síntesis de la vida en 90 minutos. Es atrapante por los condimentos que tiene,
las idas y vueltas, subidas y bajadas. Debemos tener mejores docentes y técnicos. Hay quienes
trabajan con chicos y tienen como valor el «primero yo», entonces no se puede trasmitir lo
que siente. Esa actitud habla de su idea, sus necesidades y de esa frase que sostiene «El equipo
supo entender al técnico»; es totalmente estúpida”, afirma Macri.

Tras comenzar como entrenador en su Club San Roque, a los 27 años, y hacer el curso de
técnico pasó a Coronel Aguirre. Luego José Di Leo, ayudante de Edgardo Bauza, lo acercó al
trabajo de Daniel Teglia en Rosario Central. Regresó a Aguirre, pasó por Argentino de Rosario,
Maciel, Juventud Unida de Barrancas y Real Arroyo Seco, hasta volver a San Roque.

Remarca que “hay que sentir a los jóvenes, al dolor que sufren cuando no lo ponen en el equipo
o por un mal partido. Se requiere de gente especializada y que sea reconocido como tal”.

“Sólo los que estuvieron en un vestuario –afirma- saben lo que es pasar tantas injusticias, dolores
físicos y malos momentos sin poder jugar. Como en la escuela, no siempre se puede sacar 10, por
eso hay que darle bolilla al que saca 4. Tampoco hay que buscar que saquen 10 sin que tengan
claros los valores de ser buen compañero, solidario. No se es buen vecino por no meterse con
nadie, sino por ayudar a destapar los desagües después de una gran lluvia”.

En referencia a su experiencias en primera división, explica: “Central te contrata la cabeza, no el
cuerpo. La organización lleva mucho tiempo. Yo coordinaba a unos 200 pibes de entre 7 y 9 años.
No podía repartirme y decidí dejar ese club, ahora sigo en el negocio de mi familia, una
droguería donde trabajamos todos y en el Club San Roque”.

San Roque es pequeño y de barrio. Macri remarca que “trabajar con los humildes es simple,
están acostumbrados a decidir y actuar ante problemas. Si no tienen plata para el colectivo, van
caminando”.

Macri dice de Hernán «Sapito» Encina, volante canalla que empezó jugando en barrio La Flores,
“puede llegar a tener errores, pero sus valores, que transmite a sus hijos, son fundamentales. La
forma en que habla con sus compañeros y cómo volvió de jugar en la B y de lesiones...”.

La llama. “El técnico también debe trabajar con los que no entraron al equipo. Ahí se remarca
cómo el profe elige la justicia. Eso se traslada, como la llama interior que dura más allá de un
partido. Alguna vez, en un entretiempo tomé una copa de campeón que había cerca y la llené
con los nombre de los jugadores y alguna indicación. Luego tire un fósforo prendido a la copa y
les dije que esa llama era lo que valía, aún más que ese trofeo que no tiene la llama de la
pasión”, cuenta el «Loco» Macri.

Sobre la fama de la “Muchachada de Aguirre”, sostiene que “hay corridas y violencia, como también
ocurre en otras canchas, pero que si sucede en Gálvez parece que la prensa lo multiplica por diez”.
Asegura: “La hinchada jamás insultó a un jugador del club. Además, no podía hablar con ellos de
actitud, creo que esa palabra nació ahí. Pero debe haber una contención social para que los chicos
vean que hay otro modo de vida. Por eso luchamos por una copa de fútbol para los más grande y
también una de leche para los más chicos, también armamos una biblioteca y hablamos de
poesía, drogas, sexo. Además, cuando alguno no podía ir a la práctica se llevaba un cuento para
traer leído, me miraban con sorpresa, pero yo los trataba con seriedad y después leían”.

Sobre la violencia, repasa: “Me enojaba mucho terminar los partidos con unos cuatro jugadores
menos por ese comportamiento. Pensé y traje a un profe de tai chi chuan, porque buscaba
alternativas para paliar la violencia y mostrar que la vida es más que eso. Trabajamos 6 meses
con movimientos corporales, en un clima de respeto y silencio. Claro que el primer día todos
decían que yo estaba loco, pero había que aprender lo desconocido”.

Almohada invicta. La educación se entrena en vestuarios y canchas que pisa Macri: “La motivación
económica es efectiva un rato, pero lo importante es trabajar en grupo los valores y tener la
almohada invicta”.

Y agrega “de un plantel de 30 chicos podrán llegar tres al nivel profesional. Al resto le cortás la cabeza
si sólo se habla de triunfar. Los valores están desvirtuados, hablan de plata y no de si les gusta lo
que hacen. Se puede ganar mucho y quedar vacío; pero a lo mejor, el chico que terminó de jugar
en Maciel, luego es técnico, dirigente, presidente y llena su vida con eso”.

Del fulbito del baldío al domesticaje profesional

Hay que generar fulbito como en los baldíos, que haya ciento de picados para que los chicos
jueguen e investiguen sobre el juego y su cuerpo. Hay que recuperar esos espacios y que el profe
los mire en silencio, los acompañe y comparta lineamientos para que vayan perdiendo los miedos”,
dice Kurt Lutman.

“El jugar en el barro, sobre la baldosa despareja y resbaladiza, en la oscuridad o gambeteando
alrededor de un árbol y sin límites es un aprendizaje para el cuerpo, el juego y la vida. Pero en
Santa Fe no hay una política para desarrollar fútbol barrial, como son los Juegos Evita.
Pavimentaron los parques”, resalta.

Tras su debut a los 17 años, jugó en Godoy Cruz de Mendoza, Huracán de Corrientes. En Mendoza
se cruzó un 24 de marzo con una marcha de las Madres de la Plaza de Mayo y eso lo marcó. Pensó
que había nacido en épocas en que fueron secuestrados muchos bebés, por ello se acercó a Hijos y
militó desde el deporte.

Ese mismo compromiso con la justicia lo movilizó en reclamos solidarios por los sueldos de compañeros
y chicos que en sus clubes no cobraban lo pactado. También decidió seguir sin representante, quien
le había aconsejado “no meterse”, ya que él había cobrado. En el 95 debutó con Ñuls en primera,
pero los enfrentamientos con el autoritarismo del presidente Eduardo López y sus actitudes, como
protagonizar un festejo bajo la camiseta con una remera que decía “Cárcel a Videla y a todos los
represores”, en épocas de amnistías, lo alejan de la profesión.

En el alambrado. Para Kurt, lo más fuerte en su carrera fue salir a la cancha en un clásico, jugar con
la cancha de Central llena, oír los cantos y ver a unos pibes de su barrio que lo puteaban y le decían
que lo irían a buscar: “algo muy íntimo entre 35 mil personas. Terminé colgado del alambrado,
junto a la hinchada. Te enseña mucho el fútbol. Al perder un clásico en reserva aprendés que
bajo presión podés terminar con todos peleados o intentar salvarte individualmente; pero si se
trabaja eso, aprendés mucho”.

“Ganar y perder tiene que ver con la vida, eso hay que trabajar con los pibes”, resalta. También
rescata que en el Mundial los chicos “puedan ver a algunos que se atreven a jugar con un fuego
sagrado, los que hacen la diferencia, sin adaptarse demasiado al técnico y dirigentes. Los que
en un penal definitorio pican la pelota y arriesgan, como hizo el uruguayo Sebastián «Loco» Abreu.
A la gente le gusta el atrevido, pero en una estructura rígida te limpian, argumentan que un caño
es una falta de respeto al rival y eso genera culpa, dicen que perdés tiempo”.

Abreu es un sacado, hay pocos profesionales así, porque se dejan domesticar para llegar”,
agrega Juan Montenegro, preparador físico y entrenador de fútbol infantil en Talleres de Arroyo
Seco.

Proyectos. Kurt rescata la palabra “domesticar” de su compañero en proyectos de fútbol con niños.
“Es sujetar al futuro, ponerle miedo al vivir. El animal de la selva pierde las garras al encerrarlo. Lo
mismo pasa al ser domesticado en el deporte, cancha con pasto cortito y bien iluminada. Pero se
pierde el jugar con un árbol al medio, el mover el cuerpo con destreza para saltar charcos y
cascotes, pegarle con bien para no perder la pelota o romper un vidrio a una vecina”.

En esa vuelta al juego, Juan indica que entrena chicos de 5 a 8 años, “no ven al fútbol como un
espectáculo, van a jugar a la pelota y no miran partidos por la tele y conocen a Messi por la
play. Central convocó a uno, pero debía viajar mucho y practicaba con chicos de otros barrios.
Volvió a jugar en el club de su ciudad y con sus vecinos”.



Fuente: A. Montenegro / Diario La Capital



 
 
 

Asociación Rosarina de Entidades Deportivas Amateurs - Buenos Aires nº 1252  . Tel 4242301. 
aredaclubes@aredaclubes.arnetbiz.com.ar - hector@ejugar.arnetbiz.com.ar