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12 de Septiembre de 2013

Como Maradona

 

Por Ariel Scher

En el transcurso del invierno en el que él anduvo por primera vez sobre el suelo
de nuestra cancha, yo ya sabía lo que era no creer en nada. Lo sabía por nosotros,
futbolistas sin fe de fútbol, jugadores desangelados, músculos que perdían o que
hasta ganaban partidos pero que hacían cada pase y cada gambeta convencidos
de que los mejores besos de la Tierra siempre irían a parar a otras bocas. Él se
dio cuenta de eso en cuanto nos vio correr con energías muertas. Entonces, se
acomodó la pelota sobre la frente, la sostuvo sin permitirle caer durante media
hora y nos contó que, en otros inviernos y en muchos veranos, había sido feliz
por haber puesto la vida, los sueños, el pasado y el futuro en todas las jugadas.
Mentiría si dijera que cuando terminó de hablar y apoyó la pelota contra el piso,
había logrado que dejáramos de ser descreídos. Pero, seguro, ya dudábamos.

Harto de regalarnos asados que masticábamos sin apretar los dientes, un antiguo
dirigente había apelado a él como solución última para entusiasmarnos. O penúltima:
la última iba a ser echarnos, aunque presumo que la descartaba porque no nos
detectaba potencia ni para indignarnos con el despido. La apuesta del dirigente
llevaba el poder de un apellido. A él le decían "Maradona", más allá de que sólo
había estado cerca de un Mundial a través de un televisor prestado y feo y de que
el único dato que lo ligaba con Nápoles, la ciudad en la que Diego escaló hasta ser
un dios, eran sus tardes en una pizzería de ese nombre dentro de la que no lo
ovacionaba nadie ni siquiera cuando su aguinaldo de oficinista le permitía
despacharse con una propina amable. Algunos tenaces devotos de nuestro equipo
calculaban que lo llamaban "Maradona" por esa superlativa aptitud para controlar
la pelota y unos cuantos compañeros aseguraban que le habían puesto ese
seudónimo a causa de un parecido físico notorio que muchos le envidiaban. Ni una
cosa ni la otra. "Maradona" era Maradona porque generaba lo imposible.

Por algún lado se empieza y él empezó por nuestro marcador de punta izquierda,
que en ese tiempo se distinguía como experto en desganos y en cualquier tiempo
sobresalía por ser flojo con la pierna izquierda y todavía peor en la marca. Le habló,
le mostró, le concedió paciencia. Y lo consiguió. Ni la pierna izquierda ni la marca
funcionaron, pero nuestro Maradona lo persuadió de que la clave no residía en
encontrar las virtudes ordinarias de cualquier marcador de punta izquierda -una
buena pierna izquierda, una buena marca- sino una virtud reconocible, genuina,
quizá única. El desafío sacó al marcador de punta izquierda de la patria de apatías
en la que estaba instalado y lo empujó a hallarse un mérito. Tres sábados más
tarde, en un duro duelo en el que fuimos visitantes, esa búsqueda evidenció
resultados. Cuando los rivales comenzaron a superarlo sin esmerarse, el marcador
de punta izquierda alzó la voz, la engoló como un líder llamando a las masas y, con
clase, con la prestancia de los que son cracks de verdad, avisó: "Detrás de mi
espalda, lo único que existe es el vacío". A partir de ese instante sublime, los
delanteros adversarios, condenados a un susto del tamaño del estadio, le depositaron
la pelota en los botines uno atrás de otro.

Fue la inauguración del cambio. Imbuido de que es posible transformarse y con la
certeza de que tenía controlados a todos los atacantes del universo, el marcador
de punta izquierda se sumó al Maradona nuestro en la labor de modelarnos como
deportistas diferentes, tal vez como seres diferentes. Entre ambos decidieron ir por
Gómez. Gómez era buenísimo. Y no le importaba nada: si el sol salía, no sonreía;
si el sol se iba, tampoco. Una formidable pegada lo había conducido a patear todos
nuestros penales, a pesar de que acumulaba años sin convertir ni uno y sin que
ninguno de nosotros le reprochara jamás que su cuenta permaneciera en cero.
Gómez no quería ni esfuerzos ni problemas ni éxitos, por lo que se afirmaba un
metro atrás del punto del penal, tomaba una carrera carente de vértigos y lanzaba
la pelota hacia cualquier aire externo al arco, con una elegancia digna de pocos y
con la indiferencia de un galán de Hollywood ante el saludo de una piba de barrio.
Luego, ni miraba el rumbo sin gracia de su disparo y regresaba hasta tres cuartos
de cancha con menos interés que el que le había dedicado al penal.

Otro se hubiera rendido. Sin embargo, él, el Maradona que la historia nos había situado
tan a mano, no consideraba la tentación de dar por perdido a un individuo. De modo
que un lunes a la mañana, un lunes aburrido y ritual que continuaba a un domingo de
dos penales impulsados hacia las tribunas, él le pidió a Gómez que se desplazara a
tres pasos del punto del penal, también él se paró en el medio del arco y por supuesto
que él le soltó lo que pensaba: "Yo sé que usted es un explorador, Gómez, y que por
eso manda la pelota hacia los espacios menos mirados. Y sé, además, que en cada
tiro desviado le da la oportunidad de volverse visibles a los rincones de la Tierra que
nadie registra. Y sé, desde luego que sé, que se siente bien porque eso es justo y
usted, Gómez, es un hombre justo. Pero lo que quisiera sugerirle es que evalúe la
posibilidad de apuntarle a la red. Analícelo, por favor: la red también figura entre los
descuidados de la historia. No puede competir para capturar miradas ni con los
jugadores, ni con los entrenadores, ni con los árbitros, acaso ni con el banderín del
córner cuando el banderín flamea para llamar la atención. Darle la oportunidad a cada
hilito de la red de que lo enfoquen multitudes será, como a usted le gusta, un acto
de justicia". De tan lógico, ni hace falta consignarlo: desde el partido siguiente y hasta
la eternidad, Gómez no volvió a fallar un penal y, además, públicos propios y ajenos
lloraron mucho y lloraron bien ante el acto incomparable de observarlo acariciar cada
pedacito de la red hacia donde enviaba sus remates certeros como los de un geómetra.

Con el marcador de punta izquierda enfervorecido y con Gómez hecho una luz, lo demás
vino casi solo. Solo, aunque con el hecho determinante de disponer de un Maradona
para nosotros, tan próximo en el juego como en el corazón. Así, el mediocampista
central se desprendió del rostro de nada con el que daba vueltas en torno del círculo
central y reveló que lo desanimaba correr por el centro, lejos del eco de los
espectadores. Nuestro Maradona lo supo escuchar y le comentó que lo que para
algunos son acompañamientos, para otros son soledades. O al revés. La confesión
le quitó al mediocampista central un peso de encima y, más que eso, lo volcó a actuar
desde la fecha posterior como puntero derecho. Aquello pudo ser el nacimiento de un
conflicto porque en la punta derecha se desempeñaba un joven al que no había otro
modo de denominar que "un joven", dado que su participación nula en el juego y la
desidia colectiva del equipo habían provocado que nadie supiera cómo se llamaba. No
obstante, nuestro proceso de recuperación evolucionaba imparable y, como suele ocurrir
en los ciclos dichosos, lo malo se esfumaba enseguida. Por lo tanto, no hubo dificultades:
ese joven admitió que el suyo era otro caso de desinterés por su posición en el campo.
Más exactamente, lo que expresó fue que lo habían puesto de puntero derecho un
mediodía en el que un director técnico, pura inoportunidad, lo había interrumpido en
la punta derecha para estancarlo allí cuando, en realidad, iba camino a la tribuna para
juntarse con sus amigos, dispuesto a gritar a lo loco y a aferrarse en diez abrazos. Lo
que quería era que le permitieran ser -nada más, nada menos- un hincha. Por fin
liberado, eso hizo. Y su presencia nos llegó al alma en cada partido en el que lo
advertimos, al costado de la cancha, llenándonos de aliento. Inclusive, nos aprendimos
su nombre.

Sin dudas, la colección de mutaciones que signó nuestras horas de ahí en adelante podría
haber completado muchos catálogos de fútbol. O podría haber sido la trama de muchos
libros en los que se recuerda que casi nunca una persona o un grupo de personas está
irreparablemente derrotado. Lo cierto es que nosotros nos sentíamos mejor, enteros,
vivos. Y pretendimos tributarle a nuestro Maradona el agradecimiento por sacarnos el
boleto que nos había subido a ese viaje compartido desde la indiferencia hacia el
compromiso. Curioso: fue la única vez en la que se nos enojó. Mucho. Tanto se enojó
que más de uno lo percibió idéntico al otro Maradona, al original, después de perder la
final del Mundial del 90 contra Alemania.

Pasó un rato para que se repusiera de la furia. Cuando se tranquilizó, nos juntó sin
ceremonias y nos entregó una certidumbre obvia, de esas que, de tan naturales, se
nos escapan. "Los que cambiaron fueron ustedes. Yo tuve el privilegio de estar más o
menos cerca de ese cambio", dijo, sin pretensión ni de sentar doctrina ni de aleccionarnos
arriba de algún pedestal, con la pelota bailándole sobre la frente. Nuestro extraordinario
arquero, quien en los tiempos anteriores se había mantenido durante meses con los diez
dedos en los bolsillos, le extendió las manos que ya no ocultaba y le dio un apretón de
los que no merece cualquiera. Los demás, conmovidos, repetimos el gesto. Había
avanzado el calendario, de nuevo era invierno y fue la última vez que lo vimos.

Toda sociedad es una colección de estruendos y de silencios. Nosotros lo verificamos en
aquella circunstancia. Nuestro Maradona salió de nuestras rutinas en un día en el que
millones parpadeaban en una dirección distinta. Es que el Maradona famoso, el que
todavía gambetea ingleses en mil memorias y anuncia que quiere ser campeón del
mundo con cara de nene en una filmación vieja que nos sigue haciendo llorar, justo ese
mismísimo día insistió en su hábito de sorprender al planeta y asumió una tarea singular
como asesor o motivador del plantel del Deportivo Riestra, en la Primera D del fútbol de
la Argentina. Tremenda experiencia: unos pocos indagábamos por la ausencia de un
Maradona y miles nos respondían sobre la presencia de otro. Convertido en un valiente
definitivo, el marcador de punta izquierda nos proporcionó calma al señalarnos que la
historia está repleta de victorias construidas por muchachas y muchachos que fueron
contra la corriente y no se achicaron.

Vencimos en un partido, brillamos en el siguiente, nos ovacionaron en el tercero y, aun
en las decepciones, nos unimos para celebrar los penales infalibles de Gómez. De él,
de ese Maradona que ya no nos pertenecía, no atrapamos ni una noticia más. Algunos
que lo habían visto leyendo tratados extensos de psicología aplicada al deporte
conjeturaron que era un hombre de la más alta ciencia y que, por eso, estaba
encerrado en un lugar de estudio investigando cómo ayudar a que el mundo fuera
mejor. Otros, más osados, arriesgaron la hipótesis de que él nunca había existido:
lo habíamos armado entre todos, no como una fantasía sino como una necesidad,
para emerger del abismo sin voluntad de fútbol en el que nos habíamos hundido. El
mediocampista central disfrutaba en ese momento de haberse erigido en estrella del
torneo como puntero derecho, pero igual, con sencillez, opinó que esas cosas, a
veces, pasan.

Sea cual sea la explicación correcta, nosotros lo seguiremos buscando. Nos auguran
que fracasaremos, nos fundamentan que no tiene sentido, nos susurran que no habrá
remedio ni en este ni en ningún invierno. Entendemos los argumentos, pero no
cedemos. Y contestamos que no siempre se puede contar con un Maradona, pero
siempre se puede intentar lo imposible. Ahora somos gente que cree en nosotros.

Fuente: 11wsports

 

 
 
 

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