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20 de Marzo de 2014

Juguemos en el bosque.
Cuando el fútbol nos pone a prueba 


Por Kurt Lutman (ex futbolista y periodista del periódico El Eslabón).

"Se prueban chicos categoría 2006/5/4/3/2”. El afiche pegado en la puerta del club
no sorprende y, por el contrario, entusiasma. Las pruebas que se realizan en los
clubes infantiles son cada vez más y la mayoría están atravesadas por una dinámica
que vale la pena observar.

En una “prueba de jugadores” (niños) no hay “tiempo”. En una prueba –que consiste
en un partido de 30 ó 40 minutos– el niño debe:

-Entregarse al juego de manera relajada para así poder desplegar todas las habilidades
y conocimientos.

-Construir lazos inmediatos con sus compañeros desconocidos para poder potenciarse
como equipo.

-Aprender seis nombres más en tres minutos ya que un juego colectivo sin comunicación
es inviable.

-Desplegar en cuarenta minutos toda su destreza individual y colectiva, con el marco descrito
anteriormente y con esas condiciones lúdicas.

-Lograr el único objetivo que está instalado, que es ser parte de los poquitos que estarán
dentro.

-Sobresalir para así pertenecer y no ser rechazados, no ser excluidos del futuro equipo y
de la institución.

A este clima lúdico se los somete a los niños en esta época del año (enero/febrero). Se trata
de pibes de entre seis y diez años, y sobre estas pruebas existe la creencia de que se
definirá parte de su carrera y o futuro.

Metamos la cuchara en las exigencias de los cinco puntos desarrollados arriba:

Es imposible entrar relajado a un juego en el que no se conoce a nadie, te llaman por el
apellido y tenés 40 minutos para demostrarle a alguien, que tampoco conocés, que sos
“valioso” y mereces ser incluido.

Al ser un juego de equipo es vital, para desplegarte individualmente, apoyarte en la confianza
y el afecto de tus compañeros. Esta ingeniería lleva “tiempo”. En estos espacios existe la
urgencia, no EL TIEMPO, todos son desconocidos y el estado anímico del chico no es contemplado.

A contratiempo el niño tratará de registrar a sus compañeros de alguna forma. Aprender los
nombres es una de ellas, aunque imposible debido a que sólo ha convivido durante 150 segundos,
que fue el tiempo que demandó reunirlos, enunciar sus nombres y apellidos en voz alta y darles
las pecheras para distinguirlos en dos equipos. Pecheras que ni siquiera están numeradas, lo
que impiden encima poder decirle: “Tocá 5”.

En ese barullo anímico el silbato da la orden de que empiece el partido/prueba. El niño se siente
desconocido y desconoce al resto. Al correr en exceso y descoordinado del resto, y sumado a la
incomodidad del marco de juego, se llena de ácido láctico. Este líquido que segrega el cuerpo
ante situaciones de presión y estrés hacen que las piernas no respondan como deben. La
cuenta regresiva de 40 minutos aprieta, si el niño se equivoca en alguna jugada su ánimo
disminuirá y el resto de los desconocidos, que usan su misma pechera, no podrán hacerse
cargo de inflarlo, sostenerlo y apuntalarlo ya que la trama del juego es sobresalir por sobre el
resto.

Al término de la práctica el niño es llevado a un costadito para que le devuelvan la prueba
“corregida”. La sabiduría encarnada en el Zoquete con silbato dará el veredicto. Adentro o
afuera. Ser parte o quedar excluido. Sos valioso o no. El crimen culmina cuando el niño
luego de haber vivenciado el episodio…lo cree. El crimen empezó cuando los padres del niño
lo creyeron.

Creer y reventar

De esta lógica perversa es imposible escapar como padres. Todos los que llevamos a nuestros
hijos a una prueba de jugadores “creemos” en el adentro o afuera. Todos vamos a querer que
nuestro hijo sea aceptado y pertenezca, y esta alegría desbordante hará invisible al resto de los
gurises y su tristeza.

A la generación de quienes hoy somos padres se nos fogueó en esta creencia. De la dictadura
para acá ése fue el código y el lenguaje. Adentro o afuera. Hay lugar sólo para pocos. Triunfás
o sos un fracasado.

Acompaño a mi hijo hasta la puerta del club y llegamos obedientes 5 minutos antes de la
hora acordada. Entramos de la mano y de golpe sin buscarlo me cae una ficha que viene
atada de angustia. Parpadeo y me siento un pelotudo. A la creencia ya la tengo adentro
hasta el cogote y en ese momento llaman a mi hijo para anotarlo antes de la prueba de
jugadores. El sale corriendo y siento que se me escapa de las manos. El órgano más sensible
del hombre es el hijo, diría Fontanarrosa.

A la vuelta, ya en casa, giro y lo veo jugando distraído a otra cosa. Agradezco a Dios que se haya
olvidado (¿se habrá olvidado?) de las dos horas que pasó hace un ratito. No quedó en el equipo.
No fue elegido. Afuera. Consideraron que no era lo suficientemente valioso.

Otra ficha cae y me sacude. Entiendo que estuve “preso” de esta creencia llena de mierda durante
toda mi vida y se la convidé a la persona que más amo en el mundo.

Se la expliqué para que la crea. Se la mastiqué para que la morfe.

Le hablé de fútbol, de estrategias y formas, sabiendo que lo iban a evaluar, le hablé de sacrificio
y que no pare de correr ya que a los que eligen en las pruebas eso les gusta. Todo ese tiempo
de charlas, demostraciones y enseñanzas culminó en algo terrible…mi hijo me creyó.

Aturdido, me propongo que ahora empiece “mi” prueba y esto me calma.

Ahora juego yo. Armar nuevas creencias. Romperme para re armarme.

Pongo la pava y no sé porqué pero camino hasta el estante de papeles. Abro en la mitad un
cuaderno viejo de anotaciones y me topo con una frase escrita en lápiz hace años: “La búsqueda
de la libertad, mi amigo, es declararse la guerra…”. (Castaneda).

Fuente: Periódico El Eslabón.

 

 
 
 

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