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05 de Mayo de 2016

La fiesta de pocos

Por Mariano Hamilton

Es casi un hecho que habrá que volver a pagar para ver fútbol. La decisión está en sintonía
con otras del Gobierno: se debe bajar el déficit fiscal a cualquier precio.



Hay una lógica en el Gobierno Nacional que parece irrefutable: hay que bajar el déficit fiscal.
Irrefutable porque, para la gente acostumbrada a manejar empresas, si se gasta más de lo
que ingresa, eso quiere decir que las cosas no funcionan bien.

Dos más dos es cuatro sostienen con la fría lógica de los números. Y si dos más dos es
cinco, eso quiere decir que estamos perdiendo uno. Entonces, hay que achicar. A como dé
lugar.

Las tarifas de luz, agua, gas y transporte subsidiadas no podían seguir. Las retenciones al
sector agropecuario no podían seguir. Los impuestos a las empresas mineras, no podían
seguir. El cepo al dólar no podía seguir. La suba gradual de dólar, no podía seguir. El desacuerdo
con los fondos buitres no podía seguir. La Argentina aislada de los mercados no podía seguir.
El festival de gente trabajando en el Estado, no podía seguir. El alto consumo interno, no podía
seguir. Las trabas a las exportaciones e importaciones no podían seguir. La Ley de Medios no
debía seguir. El alineamiento con los países del Mercosur y la distancia con Estados Unidos no
podían seguir. La frialdad con el Fondo Monetario no podía seguir. El plan de desendeudamiento
no podía seguir. El programa Precios Cuidados no podía seguir. Tampoco Conectar Igualdad,
Progresar, Procrear, los controles a las inversiones financieras y otras tantísimas cuestiones
que se supieron construir durante una década. El Matrimonio Igualitario sigue porque no genera
gastos. Aunque habría que pensarlo un poco…

La fiesta tenía que terminar. Y alguien la debía pagar. ¿Se imaginan quienes?

Ahora bien. Dejemos de lado la fenomenal transferencia de recursos hacia el sector más
concentrado de la economía que se está perpetrando y vayamos al grano. En medio de este
tembladeral, ¿alguien en su sano juicio podía pensar que Fútbol para Todos iba a seguir? Si
a Cambiemos no le tembló el pulso para modificar cuestiones centrales y estructurales de
la economía, ¿se imaginaban que el Gobierno Nacional iba a pagar mil 900 millones de pesos
para que la gente viera fútbol gratis? Estaba más o menos claro que no.

La cosa entonces está planteada de la siguiente manera:

* El presidente de Boca, Daniel Angelici, presiona a sus compañeros de Comité Ejecutivo
para que la AFA rompa unilateralmente el contrato de Fútbol para Todos con el Estado.

* Angelici le quiere evitar a Cambiemos el costo político de terminar con el fútbol gratis.

* Algunos dirigentes (Luis Segura, Nicolás Russo y Matías Lammens, entre otros) se resisten
porque, dicen, para romper el contrato deberían tener ofertas concretas.

* El Gobierno ya les hizo saber a los dirigentes que tienen una muy buena oferta de Turner (2
mil 500 millones de pesos por año, ajustables por inflación) por un contrato de 10 años, con
la promesa de mantener hasta 2019 el fútbol en TV abierta. Luego de 2019, los que quieran
ver fútbol deberán pagar.

* Pero los dirigentes de AFA le vieron la parte de león al asunto. Y ahora especulan con hacer
una licitación pública porque, dicen, también tienen ofertas de Fox, Artear, IMG y Mediapro.

* Según dijo Russo, el presidente de Lanús, los dirigentes creen que el fútbol argentino se
debería vender por 300 millones de dólares. Es decir: 4 mil 500 millones de pesos. Aclaramos
por si alguien no entendió: no hay ninguna chance de que alguna empresa pague semejante
cantidad de plata si no se le libera hoy mismo la posibilidad de cobrar abonos para recuperar
el dinero. Bah… para recuperar nada más, no. Para ganar fortuna.

Nos gustaría poner en duda aquella sentencia mencionada líneas arriba sobre que la fiesta tenía
que terminar y que alguien la debía pagar. ¿Por qué la ponemos en duda? Porque nos
preguntamos: ¿cuál es el rol del Estado? ¿Qué cierren las cuentas o que la gente la pase
bien? ¿Los números deben cerrar sí o sí para que se ponga feliz quién? ¿La macroeconomía
está por encima de los habitantes de un país? Acaso, eso que se llama déficit fiscal, ¿no
puede ser considerado inversión pública? La diferencia no es sólo semántica, es ideológica.

Ya nos imaginamos las respuestas. Eso es populismo. Y no dicho en forma virtuosa sino
peyorativamente. Porque mucha gente cree que el ordenamiento de las finanzas públicas debe
estar por encima de todo. Básicamente es lo que nos venden muchos economistas profesionales,
todos ellos enrolados en diferentes corrientes liberales. Para ellos, los mortales somos una
variable de ajuste. Lo único que importa es que la empresa (en este caso el país) deje de tener
los números rojos y que cuando llegue fin de año, podamos inflar el pecho y decir orgullosos que
la economía creció un 5 por ciento, que la balanza comercial está equilibrada, que ingresó más
plata de la que salió y que ahora sí somos un país competitivo.

Si el precio es que mucha gente se quede sin trabajo, que la miseria y pobreza de multiplique
o, para ponernos más frívolos, que el fútbol lo puedan ver sólo aquellos que tienen plata,
todo está ok. Son daños colaterales que debemos afrontar para considerarnos un país próspero,
del primer mundo, con las puertas abiertas para que lluevan las inversiones de aquellos que
después se van a llevar la plata a sus países de origen sin dejar un mango partido al medio.

No hay alternativa, nos dicen. Parafraseando aquella falsa opción que acuñaron Margaret Thatcher
y Ronald Reagan cuando el comunismo se caía a pedazos y el mundo dejaba de ser bipolar para
convertirse en una selva capitalista (“There is no altenative” o “TINA”, para los perezosos). Allá
por principios de los 90 se usaba esta expresión para que entendiéramos cabalmente que el
mercado, el capitalismo y la globalización eran fenómenos necesarios y beneficiosos y que
cualquier otro concepto estaba destinado al fracaso.

Hoy parece que estamos parados en el mismo lugar. No hay alternativa, nos dicen. Ergo: el
fútbol va a ser pago. Y seguramente ese será el menor de los problemas que afrontaremos
en los próximos años.

 

 

 

 

 

 
 
 

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