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24 de Abril de 2014

"El Juramento": García Márquez y su amor por el fútbol

Gabriel García Márquez murió este jueves 17 de abril a los 87 años, pero dejó su legado para
siempre. El Nobel de Literatura en 1982 era un apasionado por el fútbol y en distintos textos
lo hizo saber. Su obra titulada Textos Costeños incluye una pieza denominada "El Juramento",
donde establece una analogía entre los futbolistas como posibles autores.

Además de relacionar su pluma con el deporte, Gabo fue, junto al futbolista Radamel Falcao,
"el modelo a seguir para los colombianos", según una encuesta realizada por la consultora Babel
Group de su país.

"EL JURAMENTO", Gabriel García Márquez:

Y entonces resolví asistir al estadio. Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve
que irme temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a ninguna parte y que de ninguna
tampoco he salido tan agotado. Alfonso y Germán no tomaron nunca la iniciativa de convertirme a esa religión
dominical del fútbol, con todo y que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese
energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el último rastro de civilización, que
fui ayer en las graderías del municipal. El primer instante de lucidez en que caí en la cuenta de que estaba
convertido en un hincha intempestivo, fue cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que
muchas veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera inaceptable: el sentido del ridículo.
Ahora me explico por qué esos caballeros habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su
tinta cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores.

Es que con ese sólo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras personas, como si la gorrita no
fuera sino el uniforme de una nueva personalidad. No sé si mi matrícula de hincha esté todavía demasiado
fresca para permitirme ciertas observaciones personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos
quedado de acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la pérdida absoluta y aceptada
del sentido del ridículo, voy a decir lo que ví –o lo que creí ver ayer tarde– para darme el lujo de empezar bien
temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía. En primer término, me pareció
que el Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca que divide la cancha en dos
mitades significa algo, mi afirmación anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola,
en el primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del Junior. (¿Qué tal va mi debut como
comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me
parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policíacas. Su sentido del
cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos
le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía.
Haroldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene
el brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas trabajando, atendiendo simultáneamente a
once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los
mamotretos que don Marcelino escribiera.

Berascochea habría sido, ni más ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos,
todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de alfiler. Y qué gran crítico de artes
habría sido Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos los escribidorcillos
que pretendieran llegar, así fuera con los mayores esfuerzos, a la portería de la inmortalidad. De Latour
habría escrito versos. Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary. Porque
de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no le dieron oportunidad de demostrar al
menos sus más modestas condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica. No creo haber
perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago –públicamente– a la santa hermandad de los hinchas.
Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido amigo, el doctor Adalberto
Reyes, a quien voy a convidar a las graderías del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el
propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada.

Fuente: www.infobae.com





 
 
 

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