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12 de Agosto de 2016

Políticas deportivas y olimpismo

Por Rodrigo Daskal *

Los Juegos Olímpicos modernos nacen con el Barón de Coubertin, francés de origen
aristocrático impactado por las derrotas bélicas de su país e influenciado por la
gimnástica alemana y el modelo del deporte inglés de fines del siglo XIX, a la luz
del cosmopolitismo de época y regidos por las normas del deporte moderno. Los
antiguos juegos eran centralmente un encuentro religioso, y un deporte como práctica
limitada a los ciudadanos griegos, sin esclavos ni mujeres, y sin cuantificación, récord
o reglas formales y universales.

En Argentina y como fruto de conflictos en los sectores de la elite para representar a
nuestro deporte, nacen en 1921 la Confederación Argentina de Deportes (CAD) y por
decreto presidencial en 1923 el Comité Olímpico Argentino (COA), fusionándose en 1927
como CADCOA. Durante el primer peronismo la CADCOA se convirtió en la institución
rectora del deporte nacional, y parte de ello puede verse en los logros olímpicos: fruto
centralmente de esfuerzos individuales, en los treinta y cinco años anteriores nuestras
representaciones obtuvieron, cuantitativamente, menos preseas que en el periodo 1945/55
si analizamos todas las competencias de categoría “olímpica”.

El golpe militar de 1955 y su continuidad en 1976 son momentos oscuros también para
el deporte olímpico, otra vez más librado al mero esfuerzo de sus atletas y asociaciones
deportivas hasta el año 2009, cuando con la elogiada creación del ENARD el Estado vuelve
a garantizar apoyo continuo al deporte olímpico. En el medio, es sancionada la Ley del
Deporte en 1974, nunca puesta en funcionamiento en forma plena y concreta.

Como cada juego olímpico, a su término veremos debatir sobre la cantidad de medallas
obtenidas con relación al pasado. Más allá de lo cuantitativo, quizás deberíamos atender a
lo cualitativo, y no sólo en vista de ciertas variables como la cantidad de deportes
representados, sino hacia el futuro con relación a las políticas estratégicas. Para ello,
resulta indispensable pensar entre otras cosas, en cómo ampliar la base de deportistas
en niños/as y jóvenes en tanto derecho; en la concreción de centros regionales de
mediano y alto rendimiento y el financiamiento de infraestructura deportiva; en el
reconocimiento a los distintos actores del deporte con voz y voto en las organizaciones
deportivas, y en su cobertura social y previsional. También, en un registro estadístico
profundo que permita planificar políticas deportivas nacionales y locales, vinculadas también
al sistema educativo.

Todo ello fue debatido en los años 2014 y 2015 en lo que fue la sanción de las leyes 27.201
de creación del Enaded (Ente Nacional de Desarrollo Deportivo) y 27.202, de actualización de
la Ley del Deporte de 1974, leyes que no fueron puestas hasta el momento a rodar. Tal vez
la discusión de fondo sea también, cómo dejar de pensar el deporte como un instrumento
(que también lo es) para posicionarlo como un derecho social con sus distintas variables
económicas, de salud, educación, etc. y desde allí, el rol del Estado y de los distintos actores
deportivos. Probablemente desde ese lugar de las políticas públicas tengamos mayores certezas
sobre el futuro del campo deportivo y cuyo resultado sea también, cualitativa y cuantitativamente,
observable en el deporte olímpico.

* Sociólogo. Centro de Estudios del Deporte /UNSAM


Fuente: El Cronista

 

 

 

 

 
 
 

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