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18 de Septiembre de 2015

La huella más importante que deja el básquet

Por Gonzalo Bonadeo

Con la clasificación a los Juegos de Río, esta generación de deportistas va a
cumplir 15 años de gloria. La celeste y blanca es inegociable.



Estamos en el medio de un fin de semana atravesado por la pasión de los clásicos
futboleros. Una pasión de la cual, como sucede con todas las pasiones, ningún
futbolero de ley reniega. Así es en la Argentina y en el resto del planeta. Sin
embargo, pareciera ser que sólo en la Argentina esa pasión es incompatible con
la reflexión.

Deportivamente hablando, es irreflexivo que se haya sumado una fecha más al torneo
de 29 original. Al argumento de que habiendo sumado esta instancia de revanchas
se compensa la condición de local de cada equipo, yo le contrapongo el despropósito
que significa que sólo River juegue dos veces en el torneo contra Boca. O viceversa.
Lo mismo corre para Racing con Independiente, Estudiantes con Gimnasia o Central
con Newell’s. Más aún, sólo un equipo –ese clásico rival– habrá enfrentado dos
veces en el campeonato al finalmente ganador del título. Probablemente, ir a cancha
ajena no sería tan grave si, en algún momento, se exterminara a los barras bravas,
y a los buenos hinchas se les devolviese la condición de visitantes que les han
secuestrado.

Entonces, al análisis le sigue la irreflexión organizativa. Y política. Se dice que éste
es un fin de semana de prueba para esa movida proselitista que es elegir un
partido en la provincia de Buenos Aires –antes de las elecciones de octubre, claro– al
cual podrán asistir hinchas de ambos equipos. De por sí es una vergüenza que los
dirigentes de nuestro fútbol se fumen en nombre de sus socios que sea un funcionario
del nivel que fuere quien decida qué partido se juega de qué manera. Sólo falta
que gobernadores e intendentes determinen el resultado del juego. Si es que eso no
pasó ya alguna vez.

En todo caso, la realidad le responde brutalmente al relato: este fin de semana mismo
se suspendió el partido de reserva como preliminar de Independiente y Racing “por
motivos de seguridad”. Quien así lo decidió no es otro que el Aprevide, organismo
dependiente de la gobernación de la provincia. La misma gente que dice querer probar
con los visitantes, prohíbe que se juegue un preliminar… sólo con público local.

La irreflexión institucional no puede estar ausente: en la AFA, todo lo que se discute
es cómo evitar que Tinelli se adueñe del trono de Grondona. O cómo lograr que Marcelo
sí lo haga. En todo caso, no sólo estamos a pocas semanas de la eventual fecha de
elecciones. Estamos a pocos meses de que comience la próxima temporada… ¡¡¡y nadie
tiene la menor idea de cómo se va a jugar!!!

Continúa la irreflexión de quienes no quieren escuchar. Maxi Rodríguez dio una
conferencia de prensa para decir una dolorosa obviedad: se superó todo límite
en el momento en el que un par de delincuentes balearon la casa de su abuela,
que ya había sido atacada en ocasión de otro clásico rosarino. El crack de Newell’s
dijo algo así como que no se puede jugar en estas condiciones. Que nada tiene sentido.
Y tiene razón. Dudo mucho de que alguno de sus colegas piense diferente. Sin embargo,
en la Argentina pueden parar los bancos, los maestros, los trenes y los colectivos.
Jamás el fútbol.

En este mismo espacio se escribió desde el dolor sobre el robo descarado que nos hacen
a esa gran pasión mundial que es un River–Boca. Esta semana descubrimos que la previa
del más universal de nuestros clásicos no puede girar alrededor de cómo ganarlo jugando
mejor que el rival. Todo el debate giró alrededor de cuántas patadas hay que dar para
ser más macho. Hace rato que el deporte –incluido el fútbol– dejó en claro que el más
guapo es el que más intenta jugar. Y que el que cree que todo es pegar patadas y poner
huevos necesita de la inestimable colaboración de la ley para sobrevivir. Como con los
chorros de la política: con la Justicia de tu lado, cualquiera afana.

Por suerte, el calendario del Preolímpico de Básquet que acaba de terminar en México
estableció que el partido más importante –la semifinal, clasificatoria para Río 2016–
se jugaba el viernes. Es decir, anteanoche. Es decir, justo antes de que todos los
medios se dediquen a impregnar el ambiente con imágenes y frases de un espectáculo
curioso: nos morimos de ganas por ver partidos que, más que ganar, nos importa no
perder. Algún día todos los clásicos terminarán cero a cero y nos preguntaremos qué
carajo estamos haciendo con nuestro tiempo libre.

Afortunadamente, aunque la tentación de, por lo menos, escribir pestes de lo que se viene
es irrefrenable, haber tenido la noche del viernes libre para la magia del deporte en
estado real fue una auténtica bendición.

Con nuestra inevitable dinámica exitista –buena parte del público sólo le presta su atención
al seleccionado de básquet a cambio de que ganen siempre–, no nos estamos dando debida
cuenta de que esta fenomenal generación de deportistas va a cumplir quince años de
gloria. Quince años regalándole al deporte argentino la más maravillosa historia de la
que tenga registro.

Es difícil hacer base en los nombres. Y voy a evitarlo adrede. Es una buena forma de
homenajear al todo y no a cada una de las partes. Además, sería ingrato con la enorme
mayoría de los que comenzaron la historia a fines del siglo pasado, que ni siquiera
siguen jugando profesionalmente a este deporte. No han sido todos iguales, pero todos
han hecho un aporte insustituible. No todos figurarían en los registros informales de
la Generación Dorada, pero sin cualquiera de ellos, esta historia hubiese sido distinta.

Cada uno de ellos sabe de gloria, de medallas, de títulos, de emociones, de gritos, de
lágrimas, de orgullo. Cuando todo eso llega a la piel de un espectador al cual el término
pick and roll le suena más a fast food que a deporte, algo único ha sucedido.

Sin embargo, por encima de todo, esta gente es sinónimo de compromiso.

Podemos hablar de compromiso con el seleccionado. Cuando vemos a gran parte del
corazón de esta generación emocionarse por llegar a Río casi tanto como en aquellas
noches inolvidables de ganarle a la NBA en 2002 y 2004, queda claro que para estos tipos
la celeste y blanca es asunto no negociable. Eso corre para los que estuvieron dentro de
la cancha como para quien miró desde la primera fila detrás del banco.

Podemos hablar de compromiso con el grupo: es frecuente escucharlos hablar de que, para
ellos, jugar un torneo como el que acaba de concluir representa, casi por encima del juego
mismo, la emoción por volver a juntarse. Estos muchachos construyeron un recorrido
mágico: en poco tiempo, el básquetbol argentino pasó de sacarse fotos con los magos del
Dream Team a ser admirados y temidos por todos los rivales del planeta. Incluido los
Negros Bastante Altos, de la NBA versión Fontanarrosa.

Podemos hablar de compromiso con el futuro. Acaban de ser elocuentes las conclusiones
de los próceres vivientes, que aseguran que la clasificación, el futuro y el Río 2016 son
de los chicos. Aunque haberse asegurado la clasificación signifique quizá tener una vez más
con la celeste y blanca al que considero el más grande deportista de nuestra historia. Desde
antes de Londres 2012 se viene insistiendo con que la Generación Dorada es parte de un
pasado maravilloso e irrepetible. Pero que nada de lo hecho por esa legión de fenómenos
hubiera tenido sentido si el porvenir llegase vacío.

Pero por encima de todas las cosas, quiero hablar del compromiso con su deporte. Lejos de
fijar líneas divisorias entre basquetbolistas y futbolistas, ellos suelen ser los primeros
defensores de lo que representan nuestros cracks de las pelotas. Empezando por feroces
defensas a Lionel Messi.

Sin embargo, en los hechos, ellos han dado un paso adelante en defensa del deporte que
tanto les ha dado. Para ellos, la gloria deportiva es algo que forma parte de su historia. Ya
nadie se la podrá quitar. Se trata, en algunos casos, de personas millonarias. Gloria y
dinero. Con menos que eso, la mayoría se apoltrona y se escuda en que “de política no
habla”. Cuestión cultural, diría Capitanich.

La huella más poderosa que estos monstruos han dejado es la de poner límite a la
desintegración de su juego. Se plantaron firmes para exigir que se termine con la
corrupción.

El pregón es claro: nada hubiera tenido sentido si ser parte del básquet argentino terminase
siendo sinónimo de deshonra.

Imagínense ustedes el país que podríamos tener si los principales referentes actuasen
en consecuencia.

Probablemente, estaríamos ante un inverosímil escenario de mea culpa. O de
autoincriminación.


Fuente: Diario Perfil





 

 
 
 

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