Principal

Historia

Principios

Estatutos

Comisión Directiva

Socios

Legislación

Que hacemos

Subsidios Nacionales

Congresos

Laboral

Explicativos

Historia de un club

Contáctenos

 

 

 

 

14 de Octubre de 2014

La patada que incendió los Balcanes



En mayo de 1990 un partido entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja, que ni siquiera
llegó a jugarse, dio el pistoletazo para el comienzo de la Guerra de Yugoslavia. Aquella tarde
la imagen de la agresión de Zvonimir Boban a un policía se convirtió en el símbolo de la
desintegración de un país multiétnico.

Yugoslavia, como suele decirse, fue un estado con siete fronteras, seis repúblicas, cinco
nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un líder. Cuando en mayo
de 1980 ese líder llamado Josip Broz Tito murió, el país inició su lento pero sostenido proceso
de putrefacción. La ausencia del Mariscal, que con su muñeca de hierro había logrado mantener
unido lo irreconciliable, encendió la chispa de un conflicto que estalló, simbólicamente, el 13 de
mayo de 1990. ¿La ocasión? Un partido entre el Dinamo Zagreb de la entonces República
Socialista de Croacia y el Estrella Roja de Belgrado, capital de la Yugoslavia comunista, que
ni siquiera llegó a jugarse.

El marco lo ponían la profunda crisis económica y la proliferación de los movimientos nacionalistas
en las distintas repúblicas. Unos días antes en Croacia había ganado, en las primeras elecciones
libres, Franjo Tudjman, el representante de la Unión Democrática Croata que abogaba por el
desmembramiento de Yugoslavia. Con esos antecedentes y los recelos a flor de piel, no se
esperaba, precisamente, un partido tranquilo. “Muerte a Tudjman”, era el canto de guerra de los
Delije, los ultras del Estrella Roja que se habían acercado al estadio Maksimir de Zagreb. Para ellos,
los intentos soberanistas eran actos de traición hacia Serbia, el verdadero y puro ocupante de la
península balcánica.

Los Delije eran liderados por Zelijko Raznatovic, un extremista serbio apodado Arkan que se hizo
tristemente célebre por cometer crímenes de lesa humanidad durante la Guerra de Yugoslavia.
Arkan tenía un poder real dentro del club, al punto tal de que era el encargado de organizar
los desplazamientos de su grupo y estaba oficialmente contratado por la directiva como
coordinador de seguridad. Amigo también del gobierno de turno, en cabeza de Slobodan
Milosevic, Arkan se volcó a la lucha armada y, para combatir contra Croacia durante la guerra,
armó un ejército paramilitar que en poco tiempo reclutó más de diez mil ultras del Estrella Roja.
Pero todo eso vino después, y a la fecha del partido Arkan comandaba solamente un nutrido grupo
que hacía un culto del hooliganismo.

Aquella tarde, cuando entraron al estadio, los Delije lo hicieron gritando “Zagreb es Serbia”, mientras
que del otro lado, los Bad Blue Boys, ultras del Dinamo de tendencia independentista, enarbolaban
insignias croatas y alimentaban fogatas con banderas yugoslavas. Advertidos del peligro, en el
perímetro interno de la cancha los policías se contaban por miles, pero en los ingresos habían
sido burlados y los hinchas de ambos bandos lograron evadir los controles y los cacheos.

Los primeros choques entre los ultras empezaron cuando los jugadores ya estaban sobre el terreno,
calentando para el comienzo del partido. La seguridad, en principio, logró sofocar los incidentes pero
luego la tribuna se desbordó y los Delije asaltaron el sector ocupado por los Bad Blue Boys. La
batalla campal desatada en las gradas desembocó en la invasión de la cancha. El plantel del
Estrella Roja, flamante campeón de Europa, enfiló camino de los vestuarios, mientras los jugadores
del Dinamo Zagreb veían como la policía reprimía a los hinchas, haciendo especial énfasis en los
simpatizantes croatas. Uno de los futbolistas que seguía de cerca la trifulca, con una mano
sosteniendo la pelota y la otra tomándose la cabeza, era Zvonimir Boban, una incipiente figura
balcánica que se había destacado en el Mundial Sub-20 de 1987 disputado en Chile. En eso, Boban,
al ver que un policía arremetía ferozmente contra un joven enfundado en la bandera de Croacia
que estaba tendido en el suelo, sale disparado sobre el agente y le aplica una patada
voladora que es inmortalizada por un fotógrafo. Esa reacción, ese acto que para Boban estaba
bañado de justicia, marca un antes y un después en el devenir de una región históricamente
conflictiva.

La patada, con la fuerza del más potente bisturí, diseccionó las entrañas de la multiétnica
Yugoslavia y la transformó para siempre. Un país se diluyó entre la carrera enfurecida de Boban,
el golpe y su retirada del terreno, auxiliado por hinchas del Dinamo Zagreb. Croacia ganó un héroe,
y Serbia un enemigo eterno. Una hora después, la policía logró controlar la revuelta. El resultado
fue un centenar de heridos y el legado de un partido memorable en el que, paradójicamente, la
pelota jamás se puso en juego.

La agresión de Boban, que se adelantó un año y monedas al inicio formal de la guerra entre
Croacia y Serbia, abrió un sangriento periodo de anarquía política y conflictos civiles que arrastrarían
a millones de balcánicos a la muerte. Una patada bastó para derruir los endebles acuerdos de paz
celebrados entre repúblicas históricamente enemigas y sacar a la luz toda la basura que se había
escondido debajo de la alfombra durante el sempiterno gobierno del Mariscal Tito.

La guerra se libró a lo largo de gran parte de la década del noventa, una época en la que el mundo
decidió mirar para otro lado. Yugoslavia pagó muy cara su desobediencia política de no alinearse en
ninguno de los dos lados del Telón de Acero durante la bipolaridad del corto siglo XX de Eric
Hobsbawn. No fue un satélite soviético ni tampoco una nación pro-americana. Nadie tenía
intereses que defender en la península, y cuando la OTAN intervino, con los bombardeos de
1999, fue para convertir en polvo un país que ya ni siquiera existía.

Boban se transformó en un símbolo de la independencia croata, en el héroe nacional encargado
de darle el golpe de gracia a una Yugoslavia oxidada. Su camiseta ondeó en las trincheras de
Zagreb y fue el escudo de una república que logró su soberanía plena recién en agosto de 1995.
“Ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la
fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: por la causa croata”, confesaría años
después. En Maksimir hay una placa de bronce que recuerda aquella encendida tarde: “Para los
seguidores del equipo. Que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de
1990”.

Ese mismo día en los Balcanes se desataron todos los infiernos. Se rompieron las analogías,
y el fútbol y la guerra fueron la misma cosa.

Fuente: El Gráfico




 

 
 
 

Asociación Rosarina de Entidades Deportivas Amateurs - Buenos Aires nº 1252  . Tel 4242301. 
aredaclubes@aredaclubes.arnetbiz.com.ar - hector@ejugar.arnetbiz.com.ar